Ilustraciones Surrealistas de la Subcultura Obscura/ Dark Culture

Cuento Corto

Cuento Corto basado en un Hecho Real: La Pócima Vudú De Amor Comprada Con Sangre

House of Voodoo

La Pócima Vudú De Amor Comprada Con Sangre
Autor: Brad Steiger y Sherry Hansen Steiger
Incluído en el libro original: Demon Deaths 1991 / Recopilación en Español: Amanecer Vudú. Varios Autores
Hecho real sucedido en 1956. Juan Rivera Aponte fue detenido en Julio de 1957. 
Lectura en #HEXENTELEPATICO 17.04.2014

Las narraciones de los consortes demoníacos también traen a la mente aquellos ejemplos en que los satanistas descarriados han buscado crear pócimas de amor que les dieran un poder ilimitado sobre el sexo opuesto. Un acontecimiento que tuvo lugar en New Jersey hace unos años es un clásico ejemplo de cómo la combinación de sexo, vudú y oscuros deseos puede provocar un motivo espeluznante para el asesinato y el sacrificio humano.

Juan Rivera Aponte había nacido en Puerto Rico y había sido educado en una mezcla de cristianismo, magia negra y vudú. Siempre desde su infancia había oído a los hechiceros hablar de una legendaria fórmula que podía darle a un hombre control sexual completo sobre las mujeres.

Cuando vino a los Estados Unidos, consiguió un trabajo en una granja de pollos en las afueras de Vineland, New Jersey. Se encargó de traer consigo algunos de los antiguos libros de magia negra de su familia en su vieja maleta, y una vez que finalizaba sus tareas en la granja se pasaba las noches indagando en los viejos volúmenes en busca de la pócima mágica de amor. Aunque esas noches eran más bien solitarias y deprimentes, en su corazón sabía que pasaría las noches futuras haciendo el amor con mujeres hermosas.

Su mente enfebrecida se había centrado en una muchacha en particular. Una hermosa estudiante de instituto de ojos oscuros, cabello negro y un cuerpo que empezaba a florecer había llegado a obsesionarle. Juan sabía que ella era demasiado joven para casarse, pero la magia la obligaría a entregarse a él.

Control Completo Sobre Las Mujeres, Que Las Convierte En “Esclavas De Amor”

Finalmente, en un viejo libro de vudú, encontró la fórmula para una legendaria pócima “esclava de amor”. Había vuelto las amarillentas y frágiles páginas del antiguo tomo hasta que sus ojos se clavaron en el texto español bajo el título que prometía Pócimas de Amor.

Le temblaba todo el cuerpo de ansiedad mientras leía las instrucciones y los ingredientes. Las alas de murciélago desecadas serían fáciles de conseguir. Las entrañas de lagarto presentaban pocos problemas.
Confiado, siguió leyendo. Mezclaría y prepararía la pócima de inmediato. Todas las mujeres que deseaba serían sus esclavas de amor.

Polvo Triturado Del Cráneo De Un Niño Inocente

Entonces leyó el último ingrediente, y la respiración se le entrecortó ásperamente en la garganta.
“Rocía la pócima con harina de huesos reseca y triturada de un cráneo humano. El polvo ha de prepararse del cráneo de un niño inocente.”
Juan soltó el libro y se levantó de la silla de un salto. Aunque quedó momentáneamente asqueado de horror ante esa cosa sórdida que debía hacer, sabía que ningún precio sería demasiado alto por su derecho a tener a cualquier mujer que quisiera.

La noche del 13 de octubre, Roger Carletto, un estudiante de instituto de trece años, planeaba ir al cine en Vineland con su hermana.
—Un tío me debe un dólar —le dijo a su hermana—. Espérame mientras voy a pedírselo.
Montó en su bicicleta y pedaleó a toda velocidad por North Mill Road en dirección a las afueras de la ciudad.
Cuando Roger no regresó en un tiempo razonable, su hermana se lo contó a sus padres, y después de un intervalo más largo, la familia se lo notificó a la policía. A Roger Carletto nunca más se lo volvió a ver vivo.

Pasó el invierno, y cuando llegó el deshielo de la primavera, se repitió el dragado de los ríos y estanques de los alrededores de Vineland en busca del cuerpo del chico desaparecido.
En el verano todo el mundo se preguntaba qué le había sucedido a Roger Carletto. La policía aún carecía de pistas sobre su desaparición. Era como si el chico, sencillamente, hubiera entrado en otra dimensión.

El Cuerpo Desmembrado En El Gallinero

Entonces, en la noche del 1 de julio, las autoridades recibieron por fin su primera pista en el caso. Los patrulleros Joseph Cassissi y Albert Genetti respondieron a una llamada nocturna realizada por un granjero de North Mill Road que dijo que su mozo de campo se había vuelto completamente loco.
Según el joven granjero, su esposa se había despertado durante la noche y había descubierto a su mozo, Juan Rivera Aponte, paralizado en su cuarto de baño, de pie, como si fuera una estatua de piedra. Tenía un palo en la mano, que comenzó a blandir ante la pareja, hasta que el granjero se lo arrebató.
Los dos agentes de policía fueron conducidos hasta el cuarto de Aponte, situado encima del gallinero. Era un hombre delgado, de cabello y ojos oscuros, casi hipnóticos. Dormía en un camastro rodeado de varias botellas de cerveza vacías. Las paredes del cuarto estaban cubiertas de fotografías de chicas desnudas y estrellas de cine.

Durante el interrogatorio inicial de Aponte, afirmó que su jefe, el joven granjero, había matado al niño Carletto y lo había enterrado en el gallinero.
Siguiendo las instrucciones del mozo de campo, la policía se puso a excavar en el suelo de tierra del gallinero y quedó sorprendida al encontrar el cadáver del muchacho. El cuerpo estaba vestido sólo con unos pantalones cortos, y le faltaba la parte superior del cráneo, la mano izquierda y un pie. Siguiendo con la excavación, los agentes desenterraron el pie y la mano, pero no pudieron encontrar rastro alguno de la parte que faltaba del cráneo.
Al horrorizado granjero, que estaba demasiado atontado para protestar por su inocencia, se le pidió que acompañara a los agentes a la comisaría.
El detective Tom Jost no podía creer que el granjero fuera culpable, aduciendo que tenía fama de ser un hombre muy trabajador y de buen carácter. Aponte había afirmado que su jefe había matado a Roger Carletto debido a su ascendencia italiana, y que el granjero odiaba a todos los italianos porque en la Segunda Guerra Mundial habían sido fascistas. Jost no podía tragarse un prejuicio que se remontaba a la Segunda Guerra Mundial como un motivo convincente para matar y mutilar a un adolescente.

Libros Extraños Y Antiguos de Magia Negra, Vudú y Hechizos de Amor

El capitán John Bursuglia tampoco se creyó la historia. Ordenó un registro del cuarto de Aponte y contrató a un traductor para que le contara qué había en todos esos libros viejos escritos en español.
Entonces, a la mujer joven que había actuado como intérprete durante los interrogatorios de Aponte se le asignó la lectura de los libros del mozo de campo. No le hizo falta más que un vistazo para informarle al capitán Bursuglia que los volúmenes trataban de vudú, rituales de magia negra e instrucciones sobre cómo hechizar a la gente.
Varios días después consiguió la total atención del oficial de policía, cuando leyó en voz alta los ingredientes para una pócima de amor especial, una que requería el cráneo de un niño inocente.
Después de cinco horas de ser interrogado por los detectives y de dar respuestas evasivas e insatisfactorias, el puertorriqueño finalmente se derrumbó y confesó el asesinato de Roger Carletto.
Aponte explicó cómo había necesitado esa pócima de amor con el fin de conseguir a la chica de sus sueños. Se había estado preguntando dónde podría dar con un joven inocente cuando Roger Carletto llamó a su puerta. Éste le había prestado un dólar a Aponte y quería que se lo devolviera.

Habría Matado A Cualquiera Para Conseguir Ese Cráneo

—Necesitaba el hueso triturado del cráneo —dijo Aponte con indiferencia—. Habría matado a cualquiera para conseguir ese cráneo. Dio la casualidad de que Roger fue el primer niño que apareció.
Los horrorizados oficiales escucharon en silencio mientras Aponte describía cómo había golpeado al muchacho, cómo le había estrangulado con una cuerda y cómo había enterrado luego el cuerpo en el suelo de tierra del gallinero.
—No dejé de regar la tumba para evitar que el cuerpo se hundiera —explicó—. No quería que mi jefe viera la depresión en la tierra y sospechara algo.
”Pasados unos meses, desenterré el cuerpo y le saqué la parte superior del cráneo con un cuchillo de cocina. Luego volví a meterlo en la tumba, le pasé unos alambres al cráneo y lo colgué dentro del hornillo de mi cuarto. Quería que se secara rápidamente para poder terminar la pócima.
¿Por qué había irrumpido aquella noche en el hogar de su jefe?
Aponte sólo pudo sugerir que había bebido mucha cerveza y que quizá quería que lo atraparan. Tal vez su conciencia le había vencido.
—Creo que lo hice con el fin de que viniera la policía y me arrestara.

Las pruebas psiquiátricas indicaron que Juan Aponte conocía la diferencia entre el bien y el mal. Durante su juicio, el asesino del vudú presentó un alegato de no defensa y fue sentenciado a cadena perpetua.
—Jamás llegué a completar mi pócima de amor de esclava —se quejó Aponte a un compañero de celda antes de ser trasladado a una prisión estatal—. Sé que habría funcionado. Podría haber obtenido el poder para tener a cualquier mujer que quisiera.


Cuento Corto: Un Experimento Militar Ruso de 1940 consiguió crear 5 Zombies.

Zombie
Artículo colaboración de Horatio Vidale.
Fuente original y autor desconocida
En muchos blogs se presume como una historia verdadera que genera opiniones encontradas. 
Lectura en HexenTelepático: 17.04.2014

Un nutrido grupo de investigadores rusos, en la década de 1940, mantuvieron a cinco personas despiertas durante quince días utilizando un estimulante basado en un gas experimental. Los sujetos del experimento se mantuvieron en un ambiente sellado y monitoreado cuidadosamente su consumo de oxígeno, por lo que el gas no los mató, ya que era tóxico en altas concentraciones.
Todo el experimento fue seguido mediante circuito cerrado de cámaras de tv, micrófonos internos y externos, y 5 pulgadas de espesor de vidrio para las ventanas de la cámara donde estaban encerrados los sujetos del experimento. La cámara estaba equipada con libros, cunas para dormir, pero sin ropa de cama, agua y un aseo. También comida especial suficiente para todo el tiempo que durara el experimento; nadie entraría y nadie saldría durante ese periodo de tiempo.

Los sujetos de prueba fueron presos políticos considerados enemigos del Estado durante la Segunda Guerra Mundial, y se les prometió su liberación si se ofrecían voluntarios para el experimento.

Todo fue bien durante los primeros 5 días, y los sujetos apenas se quejaron, pese a que les engañaron, no fueron liberados y el experimento duró 30 días. 30 días en los que no durmieron, el gas se lo impedía. Sus conversaciones y actividades fueron monitoreadas y se observó que hablaban de los incidentes traumáticos de su pasado, poco a poco el tono general de sus conversaciones adquirieron un aspecto más oscuro, sobre todo después del cuarto día de experimento.

Después de cinco días de haber comenzado a quejarse de las circunstancias y eventos que los llevaron a donde estaban, empezaron a demostrar paranoia severa. Dejaron de hablar el uno al otro y comenzaron alternativamente a susurrar a los micrófonos, y a una forma de espejo, ojos de buey donde los observaba los científicos del experimento. Curiosamente todos ellos parecían estar pensando que podían ganar la confianza de los experimentadores denunciando a sus compañeros, los otros sujetos en cautiverio con ellos. Al principio, los investigadores sospecharon que esto era un efecto del propio gas …

Después de nueve días, el primero de ellos comenzó a gritar. Recorrió la estancia gritando a pleno pulmón durante 3 horas seguidas, y continuó tratando de gritar el resto del día, pero sólo fue capaz de producir chillidos ocasionales. Los investigadores anotaron que el individuo había roto sus cuerdas vocales. Lo más sorprendente acerca de este comportamiento es como los otros prisioneros reaccionaron a ella… o más bien no reaccionaron a ella. Continuaron susurrando a los micrófonos hasta que el segundo de los prisioneros comenzó a gritar también. Los 2 cautivos que no gritaron tomaron los libros de la estancia y, página tras página, las impregnaron con sus propias heces y las pegaron, con mucha calma, en los ojos de buey de cristal. Los gritos cesaron inmediatamente, y también los susurros en los micrófonos.

Después de 3 días sin noticias de la cámara de experimentos, los investigadores revisaron los micrófonos para asegurarse que el experimento continuaba en marcha, ya que pensaban que era imposible que ningún sonido de 5 personas en el interior pudiera estar llegándoles. Además el consumo de oxígeno en la cámara indicó que las 5 personas todavía estaban vivas.
En la mañana del día 14, los investigadores hicieron algo que ellos dijeron no iban a hacer, obtener una reacción de los cautivos utilizando el intercomunicador interior de la cámara, con la esperanza de provocar una respuesta de los cautivos, pues temían que estuviesen muertos o en estado vegetativo.

Se anunció lo siguiente: “Estamos abriendo la cámara y probamos los micrófonos, túmbense en el suelo o se le disparará. Si lo cumplen se los liberará inmediatamente”.

Para su sorpresa, oyeron una sola frase en una respuesta de voz calmada: “Ya no queremos ser liberados.”

El debate se desató entre los investigadores y las fuerzas militares que financiaban la investigación. No se pudo provocar más respuestas utilizando el intercomunicador, por lo que finalmente se decidió abrir la cámara a la medianoche del día decimoquinto.

La cámara se purgó del gas estimulante y se llenó de aire fresco. De inmediato voces procedentes del interior de la estancia, y que se escuchaba por los micrófonos, comenzaron a oponerse a que se abriera y entrasen. 3 voces distintas empezaron pidiendo, como rogando por la vida de sus seres queridos, encender el gas de nuevo. La cámara se abrió y entraron los soldados enviados para recuperar a los sujetos de prueba. Comenzaron a gritar más fuerte que nunca, y así lo hicieron los soldados al ver lo que había dentro. Cuatro de los cinco sujetos estaban aún con vida, aunque nadie podía, con razón, afirmar o negar que ninguna de ellas estuviese realmente viva.

Las raciones de alimentos, pasados ​​los 5 primeros días, no habían sido siquiera tocadas. Había trozos de carne de los muslos de uno de los sujetos de prueba y del pecho, metidos en el desagüe en el centro de la cámara, bloqueando el drenaje y 4 pulgadas de agua que se acumulan en el suelo. Precisamente, la cantidad de agua en el suelo fue en realidad sangre, aunque nunca se determinó. Los cuatro “supervivientes”, sujetos de prueba, también tenían una gran parte de los músculos y la piel arrancados de sus cuerpos. La destrucción de carne y hueso expuesto en sus puntas de los dedos indicaba que las heridas fueron infligidas a mano, no con los dientes, es lo que los investigadores pensaron inicialmente. Un examen más detallado de la posición y el ángulo de las heridas indicó que la mayoría, si no todos ellos, eran autoinfligidas.

Se habían eliminado los órganos abdominales por debajo de la caja torácica de los cuatro sujetos de prueba y puesto en el suelo, en abanico alrededor del eviscerado, pero los cuerpos de los sujetos aún vivían… Mientras que el corazón, los pulmones y el diafragma se mantuvieron en su lugar, la piel y la mayoría de los músculos que se insertan en las costillas habían sido extirpados, y se veía la exposición de los pulmones a través de la caja torácica. Todos los vasos sanguíneos y los órganos permanecieron intactos. El tracto digestivo de los cuatro podría ser visto trabajando, digiriendo los alimentos. Pronto se hizo evidente que lo que estaban digiriendo era su propia carne que habían robado y comido de su cuerpo a lo largo del día.

La mayoría de los soldados eran agentes especiales rusos de las instalaciones, y bien entrenados, pero aún así muchos se negaron a regresar a la cámara para retirar a los sujetos de prueba. Éstos siguieron gritando que los dejasen en la cámara, y, alternativamente, rogado y exigiendo que conectasen nuevamente el gas paro no así no dormirse.

Para sorpresa de todos, los sujetos de prueba opusieron una férrea lucha en el proceso de ser sacados de la cámara. Uno de los soldados rusos murió rápidamente, le arrancaron la garganta, otro fue gravemente herido por que le arrancaron los testículos de cuajo y una arteria de la pierna le fue cortada por el mordisco de uno de los sujetos, y otros 5 de los soldados perdieron la vida si se cuentan los que se suicidaron en las semanas después del incidente.

En la lucha, uno de los sujetos de prueba sufrió roturas en el bazo y se desangró casi de inmediato. Los investigadores médicos intentaron sedarlo pero esto resultó imposible. Le fue inyectado más de diez veces la dosis humana de un derivado de la morfina y todavía luchó como un animal acorralado, rompiendo las costillas y el brazo de un médico. Su corazón seguía latiendo 2 minutos después de haberse desangrado totalmente, había más aire en su sistema vascular que en la sangre. Incluso después de detenerse totalmente el corazón, el sujeto continuó gritando y desgranado por otros 3 minutos; luchaba y atacaba a todos a su alcance y repitiendo la palabra “más” una y otra vez, cada vez más débil, hasta que finalmente se quedó en silencio.

Los tres sujetos que sobrevivieron estaban muy restringidos y se trasladaron a un centro médico, los dos con cuerdas vocales intactas continuamente pidiendo el gas exigiendo que se le mantuviesen despiertos…

El más dañado de los tres fue llevado a la única sala de operaciones quirúrgicas que la instalación tenía. En el proceso de preparación, para que sus órganos volviesen a ser colocados dentro de su cuerpo, vieron que éste era inmune a los sedantes que le habían dado a fin de prepararlo para la cirugía. Luchó furiosamente contra sus ataduras, aún cuando se le suministró el gas anestésico para dormirlo. Se las arregló para destruir la mayor parte de las correas de cuero ancho, de 4 pulgadas, que inmovilizaban sus muñecas, incluso a través del peso de un soldado 100 kilos que las sujetaba también. Al poco rato la anestesia consiguió tranquilizarlo, al instante sus párpados se cerraron y su corazón se detuvo. En la autopsia del sujeto de prueba que murió en la mesa de operaciones, se encontró que su sangre tenía el triple del nivel normal de oxígeno. Los músculos que quedaron unidos a su esqueleto estaban rotos, además de 9 huesos en su lucha para no ser sometido. La mayoría de ellos eran de la fuerza que sus músculos habían ejercido sobre ellos mismos.

El segundo sobreviviente, que fue el primero del grupo de cinco en empezar a gritar y destrozó sus cuerdas vocales, no podía mendigar u oponerse a la cirugía, y sólo reaccionó agitando violentamente la cabeza en señal de desaprobación cuando el gas anestésico fue llevado cerca de él. Afirmó que sí con la cabeza, cuando alguien sugirió, a regañadientes, que si quería la cirugía sin anestesia, y éste no reaccionó durante todo el procedimiento de 6 horas que tardaron en la sustitución de sus órganos abdominales y tratando de cubrirlo con lo que quedaba de su piel. El jefe de cirujanos declaró en repetidas ocasiones que era médicamente imposible para el paciente seguir con vida. Una enfermera, aterrorizada, declaró haber visto en varias ocasiones sonreír al paciente, cada vez que sus ojos se encontraron con los suyos.

Al terminar la cirugía, el sujeto miró al cirujano y empezó a jadear con fuerza, tratando de hablar, y luchando. El cirujano supuso que el paciente quería comunicarlo algo, le dejó una pluma y una libreta para que escribiera que es lo que quería, el paciente escribió lo el siguiente mensaje: “continúe cortando”.

Los otros dos sujetos de prueba se les dio la misma cirugía, tanto sin anestesia como con ella, era igual, no dormían. A pesar de que les fue inyectado dosis tremendamente letales, al cirujano le fue imposible realizar la operación, porque los pacientes se reían continuamente, uno de ellos estaba paralítico debido a las heridas sufridas. Una vez paralizados los sujetos sólo podían seguir a los investigadores con sus ojos. El paralítico trataba de escapar de sus ataduras, y cuando pudo hablar otra vez preguntó por el gas estimulante. Los investigadores trataron de preguntar por qué se habían herido a sí mismos, ¿por qué habían arrancado sus propias tripas y por qué querían el gas de nuevo.
Sólo una respuesta se le dio: “Tengo que permanecer despierto.”

Los tres sujetos sobrevivientes fueron llevados de nuevo a la cámara en espera de determinar que se iba a hacer con ellos. Los investigadores, frente a la ira de sus “benefactores” militares, por haber fallado a los objetivos declarados de su proyecto, consideraron la eutanasia de los sujetos que sobrevivieron, pero un oficial al mando, un ex KGB, vio el potencial, y quería ver lo que sucedería si se pusiera a los sujetos de nuevo en el gas. Los investigadores se opusieron fuertemente, pero fueron invalidados sus reproches.

En preparación para ser sellados en la cámara de nuevo los sujetos fueron conectados a un monitor EEG y tenían sus protectores acolchados para el confinamiento a largo plazo. Para sorpresa de todos, los tres dejaron de luchar en el momento que se les dijo que iban a ponerles el gas. Era evidente, en este punto, que los tres sujetos lucharían durante toda su vida para mantenerse despierto al coste que fuese. Uno de los sujetos tarareaba en voz alta y de forma continua, otro permanecía en silencio y forcejeaba sus piernas contra las ataduras de cuero con todas sus fuerzas, primero a la izquierda, luego a la derecha, luego a la izquierda otra vez por algo en qué concentrarse. El otro restante, estaba sosteniendo la cabeza de la almohada y parpadeando rápidamente. Después de haber sido el primero en ser atado con alambre para el EEG, la mayoría de los investigadores monitoreaban sus ondas cerebrales con sorpresa. Eran normales la mayor parte del tiempo, pero a veces plana inexplicablemente. Parecía como si estuviera sufriendo repetidas ocasiones de muerte cerebral, antes de volver a la normalidad. Esto se plasmaba en el papel, pero fuera del monitor de ondas cerebrales, sólo una enfermera vio que sus ojos se deslizan y cierran al mismo tiempo que coloca la cabeza en la almohada. Sus ondas cerebrales cambiaron inmediatamente a la del sueño profundo, entonces se vio un flatlined por última vez cuando su corazón se detuvo al mismo tiempo.

El único sujeto, el que podía hablar, comenzó a gritar para enmudecer al instante. Sus ondas cerebrales mostraron los mismos flatlines como el que acababa de morir al caer dormido. El comandante dio la orden de sellar rápidamente la cámara con las dos sujetos en el interior, así como 3 investigadores. Uno de ellos de inmediato sacó su arma y disparó a quemarropa al comandante entre los ojos, y luego en silencio volvió el arma y se voló los sesos también.

Otro apuntó con su arma al otro sujeto restante, todavía restringido a una cama, ya que los restantes miembros del equipo de investigación médica había huido de la habitación. “No voy a estar encerrado aquí con estas cosas! No con usted! “, Gritó al hombre atado a la mesa.” ¿Qué eres? “-preguntó. “Tengo que saber!”

El sujeto sonrió.

“¿Has olvidado tan fácilmente?” Dice el sujeto. “Nosotros somos ustedes.” “Somos la locura que se esconde dentro de todos ustedes, rogando ser libre en todo momento en su mente profunda animal.” “Somos lo que escondes en tu cama cada noche. Somos el silencio y la parálisis cuando usted va al refugio nocturno donde está, el sueño que no podemos pisar “.

El investigador hizo una pausa. Luego dirigió el arma al corazón del sujeto y disparó.

El EEG flatlined del sujeto se ahogo débilmente con un pitido…


Track x Track Poética: Poe ilustrado por Sopor Aeternus: A Dream within a Dream (Poema)

A Dream within

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Poetica

 Track # 11 : A Dream within a Dream

Un Sueño en un Sueño es un poema de Poe publicado en 1849,  el año de su muerte, finamente acertado. 

 

 

 

¡Recibe en la frente este beso!
Y, por librarme de un peso,
antes de partir confieso
que acertaste si creías
que han sido un sueño mis días.
¿Pero es acaso menos grave
que la esperanza se acabe
de noche o a pleno sol,
con o sin una visión?
Hasta nuestro último empeño
sólo es un sueño en un sueño.

Me encuentro en la costa fría
que agita la mar bravía,
oprimiendo entre mis manos,
como arenas, oro en granos.
¡Qué pocos son! Y allí mismo,
de mis dedos al abismo
se desliza mi tesoro,
¡mientras lloro!, ¡mientras lloro!

¿Evitaré, oh Dios, su suerte
oprimiéndolos más fuerte?
¿Del vacío despiadado
ni uno solo habré salvado?
Cuanto hay de grande o pequeño
sólo es un sueño en un sueño…

 

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The Haunted Palace

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 Track # 10 : The Haunted Palace

El Palacio Encantado es un poema de Poe publicado en 1839 que posteriormente se incorporó a La Caída de la Casa Usher

En el más verde de nuestros valles,
por buenos ángeles habitado
un bello e imponente palacio
(un palacio resplandeciente) irguió una vez su cabeza.
En los dominios del rey Pensamiento,
¡allí se alzaba!
¡Ningún serafín extendió jamás un ala
sobre edificio la mitad de hermoso!

Banderas amarillas, gloriosas, doradas,
en su tejado flotaban y ondeaban
(esto —todo esto— existió antaño,
largo tiempo atrás),
y cada apacible soplo que jugueteó,
en aquel dulce día,
a lo largo de las pálidas, empenachadas murallas,
se fue convertido en alado aroma.

Vagabundos en aquel feliz valle,
a través de dos ventanas luminosas, vieron
espíritus moviéndose musicalmente,
bajo la afinada autoridad de un laúd,
alrededor de un trono donde, sentado
(¡Porfirógeneta!)
bien digna de su majestad su gloria,
se veía al soberano del reino.

Y toda con destellos de perla y rubí
era la puerta del hermoso palacio,
a través de la cual vino fluyendo, fluyendo, fluyendo,
y chispeando eternamente,
una tropa de Ecos, cuyo dulce deber
era sólo cantar,
con voces de sobresaliente belleza,
el buen sentido y la sabiduría de su rey.

Pero cosas malvadas, con ropas de aflicción,
asediaban la ilustre propiedad del monarca.
(¡Ay, aflijámonos!… pues nunca la mañana
amanecerá sobre él, el desolado!)
Y alrededor de su hogar la gloria
que fulgía y se mostraba en todo su esplendor,
es solamente una leyenda vagamente recordada,
sepultada en la antigüedad.

Y los viajeros, ahora, en ese valle,
por las ventanas de rojo resplandor ven
atroces formas, que se mueven grotescamente
con una discorde melodía,
mientras, como un espantoso rápido,
a través de la apagada puerta
un horrendo tropel se abalanza afuera por siempre
y ríe… mas ya no sonríe.

Traducción de Jean Mallart.

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The City in the Sea

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 Track # 8 : The City in the Sea

La Ciudad en el Mar es un poema de Poe publicado en 1831 bajo el nombre de The Doomed City. Es hasta 1845 cuando se publica como The City in the Sea

¡Ved! La Muerte se ha erigido un trono,
en una extraña ciudad que se levanta, solitaria,
muy lejos, en el sombrío occidente, donde
los buenos y los malos, los peores y los mejores
han ido hacia la paz eterna. Allí los templos,
los palacios y las torres—torres carcomidas
por el tiempo, y que no tiemblan nunca,—no
se parecen en nada a las nuestras. A su alrededor,
olvidadas por los vientos que no las agitan
jamás resignadas bajo los cielos, reposan las
aguas melancólicas.

Desde el cielo sagrado, ningún rayo desciende
en la negra noche de esa ciudad; pero un resplandor
reflejado por la lívida mar, invade las
torres, brilla silenciosamente sobre las almenas,
a lo hondo y a lo largo, sobre las cúpulas, sobre
las cimas, sobre los palacios reales, sobre los
templos, sobre las murallas babilónicas, sobre
la soledad sombría y desde largo tiempo abandonada,
de los macizos de hiedra esculpida y
de flores de piedra—sobre tanto y tanto templo
maravilloso en cuyos frisos contorneados se
entrelazan claveles, violetas y viñas.

Bajo el cielo, resignadas, reposan las aguas
melancólicas. Las torres y las sombras se confunden
de tal modo que todo parece suspendido
en el aire, mientras que desde una torre
orgullosa, la Muerte como un espectro gigante,
contempla la ciudad que yace a sus pies.

Allá los templos abiertos y las tumbas sin losa
bostezan al nivel de las aguas luminosas; pero
ni las riquezas que se muestran en los ojos
adiamantados de cada ídolo, ni los cadáveres
con sus rientes adornos de joyas, quitan a las
aguas de su lecho; ninguna ondulación arruga,
¡ay de mí! todo ese vasto desierto de cristal;
ninguna ola indica que los vientos puedan
existir sobre otros mares lejanos y más felices;
ninguna ola, ninguna ola deja suponer que han
existido vientos sobre mares menos horrorosamente
serenos.

Pero, he ahí que un estremecimiento agita
el aire. Una onda, un movimiento se ha producido,
allá abajo. Se diría que las torres se han
bamboleado y se hunden, dulcemente, en la
onda taciturna, como si las cimas hubieran
producido un ligero vacío en el cielo brumoso.
Entonces las ondas tienen una luz más roja,
las horas transcurren sordas y lánguidas. Y
cuando en medio de gemidos que no tengan
nada de terrestres, esta ciudad sea engullida
por fin y profundamente fijada bajo la mar,
todavía, levantándose sobre sus mil tronos, el
Infierno le rendirá homenaje.

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Graham's_Magazine_January,_1843_Poe

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 Track # 6 : The Conqueror Worm

El Gusano Conquistador es un poema de Poe publicado en 1843 de manera independiente en la revista Graham e incorporado a Ligeia en 1845.

¡Mirad! ¡es una noche de fiesta
en los solitarios años últimos!
Una multitud angélica, alada, ornada
con velos, e inundada en lágrimas,
se sienta en un teatro para ver
una comedia de esperanzas y temores,
mientras la orquesta susurra a su capricho
la música de las esferas.

Mimos, en forma de Dios en las alturas
murmuran y farfullan en voz baja,
y vuelan de acá para allá,
meras marionetas ellos, que van y vienen
al mandato de vastos seres informes
que mueven el escenario de un lado para otro,
lanzando desde sus alas de cóndores
invisible Congoja!

Ese drama variopinto— ¡oh, estad seguros
no será olvidado!
Con su Fantasma seguido por siempre jamás,
Por una multitud que no lo apresa,
a través de un círculo que siempre vuelve
al mismísimo lugar,
y mucha Locura, y aún más Pecado,
y Horror, el alma de la trama

Pero mirad, ¡en medio de la chusma de mismos
inmiscuirse una forma repugnante!
¡Un ser rojo sangre que sale retorciéndose
de fuera de la soledad del escenario!
¡Se retuerce!— ¡se retuerce!— con espasmos mortales
los mimos se convierten en su alimento
y lloran los serafines al ver sus colmillos de alimaña
en sangre humana empapados

¡Apagadas— apagadas están las luces— apagadas todas!
Y, sobre toda forma temblorosa,
el telón, una mortaja fúnebre,
baja con la precipitación de una tormenta,
mientras los ángeles, todos pálidos y lívidos,
se levantan, se desvelan y afirman
que la obra es la tragedia “El Hombre”,
y su héroe el Gusano Conquistador.

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Poetica

 Track # 5 : Alone / Track # 7 Alone 2

Solo es un poema de Poe escrito en 1829, dejado sin nombre y que no fue publicado durante su vida.

Desde el tiempo de mi infancia no he sido
Como otros eran, no he visto
Como otros veían, no pude traer
Mis pasiones de una simple primavera.
De la misma fuente no he tomado
Mi pesar, no podría despertar
Mi corazón al júbilo con el mismo tono;
Y todo lo que amé, yo lo amé solo.
Entonces -en mi infancia- en el alba
De la vida más tempestuosa, se sacó
De cada profundidad de lo bueno y lo malo
El misterio que todavía me ata:
Del torrente, o la fuente,
Del risco rojo de la montaña,
Del sol que giraba alrededor de mí
En su otoño teñido de oro,
Del rayo en el cielo
Cuando pasaba volando cerca de mí,
Del trueno y la tormenta,
Y la nube que tomó la forma
(Cuando el resto del cielo era azul)
De un demonio ante mi vista”.

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 Track # 4 : The Sleeper

La Durmiente es un poema de Poe publicado por primera vez en 1831 bajo el nombre de Irene. Poe consideraba este poema muy superior a The Raven.

Era la medianoche, en junio, tibia, bruna.
Yo estaba bajo un rayo de la mística luna,
Que de su blanco disco como un encantamiento
Vertía sobre el valle un vapor soñoliento.
Dormitaba en las tumbas el romero fragante,
Y al lago se inclinaba el lirio agonizante,
Y envueltas en la niebla en el ropaje acuoso,
Las ruinas descansaban en vetusto reposo.
¡Mirad! También el lago semejante al Leteo,
Dormita entre las sombras con lento cabeceo,
Y del sopor consciente despertarse no quiere
Para el mundo que en torno lánguidamente muere

Duerme toda belleza y ved dónde reposa
Irene, dulcemente, en calma deleitosa.
Con la ventana abierta a los cielos serenos,
De claros luminares y de misterios llenos.
¡Oh, mi gentil señora, ¿no te asalta el espanto?
¿Por qué está tu ventana, así, en la noche abierta?
Los aires juguetones desde el bosque frondoso,
Risueños y lascivos en tropel rumoroso
Inundan tu aposento y agitan la cortina
Del lecho en que tu hermosa cabeza se reclina,
Sobre los bellos ojos de copiosas pestañas,
Tras los que el alma duerme en regiones extrañas,
Como fantasmas tétricos, por el sueño y los muros
Se deslizan las sombras de perfiles oscuros.

Oh, mi gentil señora, ¿no te asalta el espanto?
¿Cuál es, di, de tu ensueño el poderoso encanto?
Debes de haber venido de los lejanos mares
A este jardín hermoso de troncos seculares.
Extraños son, mujer, tu palidez, tu traje,
Y de tus largas trenzas el flotante homenaje;
Pero aún es más extraño el silencio solemne
En que envuelves tu sueño misterioso y perenne.
La dama gentil duerme. ¡Que duerman para el mundo!
Todo lo que es eterno tiene que ser profundo.
El cielo lo ha amparado bajo su dulce manto,
Trocando este aposento por otro que es más santo,
Y por otro más triste, el lecho en que reposa.

Yo le ruego al Señor, que con mano piadosa,
La deje descansar con sueño no turbado,
Mientras que los difuntos desfilan por su lado.
Ella duerme, amor mío. ¡Oh!, mi alma le desea
Que así como es eterno, profundo el sueño sea;
Que los viles gusanos se arrastren suavemente
En torno de sus manos y en torno de su frente;
Que en la lejana selva, sombría y centenaria,
Le alcen una alta tumba tranquila y solitaria
Donde flotan al viento, altivos y triunfales,
De su ilustre familia los paños funerales;
Una lejana tumba, a cuya puerta fuerte
Piedras tiró, de niña, sin temor a la muerte,
Y a cuyo duro bronce no arrancará más sones,
Ni los fúnebres ecos de tan tristes mansiones
¡Qué triste imaginarse pobre hija del pecado.
Que el sonido fatídico a la puerta arrancado,
Y que quizá con gozo resonara en tu oído,
de la muerte terrífica era el triste gemido!

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Eldorado

Original english version of Poe´s Eldorado Below

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Poetica

 Track # 3 : Eldorado

Eldorado es un poema de Poe publicado por primera vez en Abril de 1849

Para muchos críticos una metáfora de la vida de Poe. Buscando la felicidad y el éxito, al final de su vida, pierde la fuerza, encuentra el valle de las sombras y muere.

 

Brillantemente ataviado, un galante caballero,
viajó largo tiempo al sol y a la sombra,
cantando su canción, a la busca del Eldorado.

Pero llegó a viejo, el animoso caballero, y
sobre su corazón cayó la noche porque en ninguna
parte encontró la tierra del Eldorado.

Y al fin, cuando le faltaron las fuerzas, pudo
hallar una sombra peregrina.—Sombra,—le
preguntó—¿dónde podría estar esa tierra del
Eldorado?

—«Más allá de las montañas de la Luna, en
el fondo del valle de las sombras; cabalgad,
cabalgad sin descanso—respondió la sombra,—
si buscáis el Eldorado….».

Versión en Inglés / Original English Version

Gaily bedight,
A gallant knight,
In sunshine and in shadow,
Had journeyed long,
Singing a song,
In search of Eldorado.

But he grew old—
This knight so bold—
And o’er his heart a shadow
Fell as he found
No spot of ground
That looked like Eldorado.

And, as his strength
Failed him at length,
He met a pilgrim shadow—
“Shadow,” said he,
“Where can it be—
This land of Eldorado?”

“Over the Mountains
Of the Moon,
Down the Valley of the Shadow,
Ride, boldly ride,”
The shade replied—
“If you seek for Eldorado!”

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 Track # 2 : Dreamland

Tierra del Sueño / El Reino del Ensueño / Tierra de Sueños es poema de Poe publicado por primera vez en Junio de 1844 en la revista Graham.

Un viajero errante entre la vida y la muerte
Por senda oscura y solitaria,
acechada tan solo por ángeles del mal,
donde un ídolo llamado Noche
con potestad reina en su negro trono,
recién he llegado a estas tierras
desde la más lejana y sombría Tule,
desde una desafiante y pavorosa región que se extiende, sublime,
fuera del espacio, fuera del tiempo.

Insondables valles y torrentes ilimitados,
y abismos, y cavernas, y bosques titánicos,
con formas que nadie puede descubrir
por las lágrimas que se vierten gota a gota dondequiera;
montañas derrumbándose por siempre
en mares sin costa;
mares que sin descanso inquietos ascienden,
encrespándose hasta tocar cielos igníferos;
lagos que incesantemente extienden
sus aguas solitarias, solitarias y muertas;
sus inmóviles aguas, inmóviles y heladas
por las nieves de los lirios reclinados.

Por lagos que derraman
sus aguas solitarias, solitarias y muertas,
sus aguas tristes, tristes y heladas
por las nieves de los lirios reclinados;
por montañas, por el río
que discreto murmura, murmurando siempre;
por bosques grises, por la ciénaga
donde campean el sapo y la salamandra;
por lóbregas charcas y pantanosas lagunas
donde habitan los demonios necrófagos;
por cada uno de los parajes más profanos,
por cada uno de los rincones más melancólicos,
encuentra ahí el horrorizado viajero
velados recuerdos del pasado,
amortajadas formas que surgen de súbito
y suspiran pasando junto al peregrino;
formas en mantos blancos de amigos
hace mucho tiempo entregados agonizantes a la Tierra… y al Cielo.

Para el corazón poblado de angustias
es una región de paz y de consuelo,
para el espíritu que deambula por la sombra
es… ¡El Dorado!
Pero el viajero que por allí transita,
no puede, no osa francamente verla;
nunca sus misterios se revelan
ante los abiertos y débiles ojos humanos,
porque así lo desea su rey, quien ha prohibido
levantar los frisados párpados;
y entonces, el alma que triste va pasando,
contempla todo aquello, pero a través de oscuros cristales.

Por senda oscura y solitaria,
acechada tan solo por ángeles del mal,
donde un ídolo llamado Noche
con potestad reina en un negro trono,
recién he vagado hacia mi hogar,
desde una lejana y sombría Tule.

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 Track # 1 : The Oblong Box / Track # 9 The Oblong Box (2)  

La Caja Oblonga es un cuento corto de Poe publicado por primera vez el 28 de Agosto de 1844 en el Dollar Newspaper de Filadelfia.

Traducción de Julio Cortazar:

Hace años, a fin de viajar de Charleston, en la Carolina del Sur, a Nueva York, reservé pasaje a bordo del excelente paquebote Independence, al mando del capitán Hardy. Si el tiempo lo permitía, zarparíamos el 15 de aquel mes (junio); el día anterior, o sea el 14, subí a bordo para disponer algunas cosas en mi camarote.

Descubrí así que tendríamos a bordo gran número de pasajeros, incluyendo una cantidad de damas superior a la habitual. Noté que en la lista figuraban varios conocidos y, entre otros nombres, me alegré de encontrar el de Mr. Cornelius Wyatt, joven artista que me inspiraba un marcado sentimiento amistoso. Habíamos sido condiscípulos en la Universidad de C… y solíamos andar siempre juntos. Su temperamento era el de todo hombre de talento y consistía en una mezcla de misantropía, sensibilidad y entusiasmo. A esas características unía el corazón más ardiente y sincero que jamás haya latido en un pecho humano.

Observé que el nombre de mi amigo aparecía colocado en las puertas de tres camarotes, y luego de recorrer otra vez la lista de pasajeros, vi que había sacado pasaje para sus dos hermanas, su esposa y él mismo. Los camarotes eran suficientemente amplios y tenían dos literas, una sobre la otra. Excesivamente estrechas, las literas no podían recibir a más de una persona; de todos modos no alcancé a comprender por qué, para cuatro pasajeros, se habían reservado tres camarotes. En esa época me hallaba justamente en uno de esos estados de melancolía espiritual que inducen a un hombre a mostrarse anormalmente inquisitivo sobre meras nimiedades; confieso avergonzado, pues, que me entregué a una serie de conjeturas tan enfermizas como absurdas sobre aquel camarote de más. No era asunto de mi incumbencia, claro está, pero lo mismo me dediqué pertinazmente a reflexionar sobre la solución del enigma. Por fin llegué a una conclusión que me asombró no haber columbrado antes: «Se trata de una criada, por supuesto -me dije-. ¡Se precisa ser tonto para no pensar antes en algo tan obvio!»

Miré nuevamente la lista de pasajeros, descubriendo entonces que ninguna criada habría de embarcarse con la familia, aunque por lo visto tal había sido en principio la intención, ya que luego de escribir: «y criada», habían tachado las palabras. «Pues entonces se trata de un exceso de equipaje -me dije-, algo que Wyatt no quiere hacer bajar a la cala y prefiere tener a mano… ¡Ah, ya veo: un cuadro! Por eso es que ha andado tratando con Nicolino, el judío italiano.»

La suposición me satisfizo y por el momento dejé de lado mi curiosidad.

Conocía muy bien a las dos hermanas de Wyatt, jóvenes tan amables como inteligentes. En cuanto a su esposa, como aquél llevaba poco tiempo de casado, aún no había podido verla. Wyatt había hablado muchas veces de ella en mi presencia, con su estilo habitual lleno de entusiasmo. La describía como de espléndida belleza, llena de ingenio y cualidades. De ahí que me sintiera muy ansioso por conocerla.

El día en que visité el barco (el 14), el capitán me informó que también Wyatt y los suyos acudirían a bordo, por lo cual me quedé una hora con la esperanza de ser presentado a la joven esposa. Pero al fin se me informó que «la señora Wyatt se hallaba indispuesta y que no acudiría a bordo hasta el día siguiente, a la hora de zarpar».

Llegó el momento, y me encaminaba de mi hotel al embarcadero cuando encontré al capitán Hardy, quien me dijo que, «debido a las circunstancias» (frase tan estúpida como conveniente), el Independence no se haría a la mar hasta uno o dos días después, y que, cuando todo estuviera listo, me mandaría avisar para que me embarcara.

Encontré esto bastante extraño, ya que soplaba una sostenida brisa del Sur, pero como «las circunstancias» no salían a luz, pese a que indagué todo lo posible al respecto, no tuve más remedio que volverme al hotel y devorar a solas mi impaciencia.

Pasó casi una semana sin que llegara el esperado aviso del capitán. Lo recibí por fin y me embarqué de inmediato. El barco estaba atestado de pasajeros y había la confusión habitual en el momento de izar velas. El grupo de Wyatt llegó unos diez minutos después que yo. Estaban allí las dos hermanas, la esposa y el artista -este último en uno de sus habituales accesos de melancólica misantropía-. Demasiado conocía su humor, sin embargo, para prestarle especial atención. Ni siquiera se molestó en presentarme a su esposa, quedando este deber de cortesía a cargo de su hermana Marian, tan amable como inteligente, quien con breves y presurosas palabras nos presentó el uno a la otra.

La señora Wyatt se cubría con un espeso velo y, cuando lo levantó para contestar a mi saludo, debo reconocer que me quedé profundamente asombrado. Pero mucho más me hubiera asombrado de no tener ya el hábito de aceptar a beneficio de inventario las entusiastas descripciones de mi amigo, toda vez que se explayaba sobre la hermosura femenina. Cuando la belleza constituía su tema, sabía de sobra con qué facilidad se remontaba a las regiones del puro ideal.

La verdad es que no pude dejar de advertir que la señora Wyatt era una mujer decididamente vulgar. Si no fea del todo, me temo que no le andaba muy lejos. Vestía, sin embargo, con exquisito gusto, y no dudé de que había cautivado el corazón de mi amigo con las gracias más perdurables del intelecto y del alma. Pronunció muy pocas palabras, e inmediatamente entró en el camarote en compañía de su esposo.

Mi anterior curiosidad volvió a dominarme. No había ninguna criada, y de eso no cabía duda. Me puse a observar en busca del equipaje extra. Luego de alguna demora, llegó al embarcadero un carro conteniendo una caja oblonga de pino, que al parecer era lo único que se esperaba. Apenas a bordo la caja, levamos ancla, y poco después de cruzar felizmente la barra enfrentamos el mar abierto.

He dicho que la caja en cuestión era oblonga. Tendría unos seis pies de largo por dos y medio de ancho. La observé atentamente, y además me gusta ser preciso. Ahora bien, su forma era peculiar y, tan pronto la hube contemplado en detalle, me felicité por lo acertado de mis conjeturas. Se recordará que, de acuerdo con éstas, el equipaje extra de mi amigo el artista debía consistir en cuadros, o por lo menos en un cuadro. No ignoraba que durante varias semanas Wyatt había mantenido conversaciones con Nicolino, y ahora veía a bordo una caja que, a juzgar por su forma, sólo podía servir para guardar una copia de La última cena de Leonardo; no ignoraba, además, que una copia de esa pintura, ejecutada en Florencia por Rubini el joven, había estado cierto tiempo en posesión de Nicolino. Me pareció, pues, que la cuestión quedaba suficientemente resuelta. Me reí, quizá demasiado, pensando en mi perspicacia. Era la primera vez que, hasta donde podía saberlo, Wyatt me ocultaba alguno de sus secretos artísticos; pero no cabía duda de que en esta ocasión trataba de hacerme una treta y pasar de contrabando a Nueva York una magnífica pintura, confiando en que no me daría cuenta de nada. Resolví tomarme un buen desquite, sin esperar mucho.

Había no obstante algo que me fastidiaba. La caja no fue colocada en el camarote sobrante, sino depositada en el de Wyatt, donde ocupaba casi por completo el piso para evidente incomodidad del artista y de su esposa, acrecentada además porque la brea o la pintura con la cual se habían trazado grandes letras emitía un olor muy fuerte, desagradable y, para mí, especialmente repugnante. Sobre la tapa aparecían estas palabras: «Sra. Adelaide Curtis, Albany, Nueva York. Envío de Cornelius Wyatt, Esq. Este lado hacia arriba. Trátese con cuidado.»

Estaba yo enterado de que la señora Adelaide Curtis, de Albany, era la suegra del artista, pero consideré que éste había hecho estampar su nombre a fin de mistificarme mejor. Me sentía seguro de que la caja y su contenido no seguirían viaje a Albany, sino que quedarían en el estudio de mi misantrópico amigo, en la calle Chambers de Nueva York.

Durante los primeros tres o cuatro días tuvimos un tiempo excelente a pesar del viento de proa -pues había virado al Norte apenas hubimos perdido de vista la costa-. Por consiguiente, los pasajeros estaban de muy buen humor y dispuestos a la sociabilidad. Tengo que exceptuar, sin embargo, a Wyatt y a sus hermanas, que se mostraban reservados y fríos, en forma que no pude menos de considerar descortés hacia el resto del pasaje. De la conducta de Wyatt no me preocupaba mucho. Estaba melancólico más allá de lo acostumbrado en él; incluso diré que se mostraba lúgubrepero no podía extrañarme dadas sus excentricidades. En cambio me resultaba imposible excusar a sus hermanas. Se encerraban en su camarote la mayor parte del día, negándose terminantemente, a pesar de mi insistencia, a alternar con nadie a bordo.

La señora Wyatt era, en cambio, mucho más agradable. Vale decir que era parlanchina, y esto tiene mucha importancia en un viaje por mar. Pronto se mostró excesivamente familiar con la mayoría de las señoras y, para mi profunda estupefacción, mostró una tendencia poco disimulada a coquetear con los hombres. A todos nos divertía muchísimo.

Digo «divertía», pero apenas si sé cómo explicarme. La verdad es que muy pronto advertí que la gente se reía más de ella que por ella. Los caballeros reservaban sus opiniones, pero las damas no tardaron en declararla «una excelente mujer, nada bonita, sin la menor educación y decididamente vulgar». Lo que asombraba a todos era cómo Wyatt había podido caer en la trampa de semejante matrimonio. Se pensaba, claro está, en razones de fortuna, pero yo sabía que la solución no residía en eso, pues Wyatt me había informado que su esposa no aportaba un solo centavo al matrimonio, ni tenía la menor esperanza de heredar. Se había casado con ella -según me dijo- por amor y solamente por amor, pues su esposa era más que merecedora de cariño.

Pensando en estas frases de mi amigo me sentí perplejo más allá de toda descripción. ¿Podía ser que estuviera perdiendo la razón? ¿Qué otra cosa podía pensar? Éltan refinado, tan intelectual, tan exquisito, con una percepción finísima de todo lo imperfecto, con tan aguda apreciación de la belleza. A decir verdad, la dama parecía muy enamorada de él -especialmente en su ausencia-, y se ponía en ridículo al citar repetidamente lo que había dicho «su adorado esposo, el señor Wyatt». La palabra «esposo» parecía siempre -para usar una de sus delicadas expresiones- «en la punta de su lengua». Pero entretanto todos advirtieron que él la evitaba de la manera más evidente y que prefería encerrarse solo en su camarote, donde bien podía decirse que vivía, dejando plena libertad a su esposa para que se divirtiera a gusto en las reuniones del salón.

De lo que había visto y oído extraje la conclusión de que el artista, movido por algún inexplicable capricho del destino, o presa quizá de un acceso de pasión tan entusiasta como fantástico, se había unido a una persona por completo inferior a él, y que no había tardado en sucumbir a la consecuencia natural, o sea a la más viva repugnancia. Me apiadé de él desde lo más profundo de mi corazón, pero no por ello pude perdonarle el secreto que había mantenido sobre el embarque de La última cenaContinué, pues, resuelto a saborear mi venganza.

Un día subió Wyatt al puente y, luego de tomarlo del brazo como era mi antigua costumbre, echamos a andar de un lado a otro. Su melancolía (que yo encontraba muy natural dadas las circunstancias) continuaba invariable. Habló poco, con tono malhumorado y haciendo un gran esfuerzo. Aventuré una broma y vi que luchaba penosamente por sonreír. ¡Pobre diablo! Pensando en su esposa, me maravillaba que fuera incluso capaz de aparentar alegría. Pero, finalmente, me determiné a sondearlo a fondo, comenzando una serie de veladas insinuaciones sobre la caja oblonga, a fin de que, poco a poco, se diera cuenta de que yo no era para nada víctima de su pequeña mistificación. Con tal propósito, y a fin de descubrir mis baterías, dije algo sobre la «curiosa forma de esa caja»; y al pronunciar estas palabras le hice una sonrisa de inteligencia, le guiñé un ojo, todo esto mientras le daba suavemente con el dedo en las costillas.

La manera con que Wyatt recibió tan inocente broma me convenció al punto de que se había vuelto loco. Primeramente me miró como si le resultara imposible comprender el ingenio de mi observación; pero, a medida que mis palabras iban abriéndose lentamente paso en su cerebro, los ojos parecieron querer salírsele de las órbitas. Su rostro se puso escarlata, luego palideció espantosamente y, como si lo que yo había insinuado le divirtiera muchísimo, estalló en carcajadas que, para mi estupefacción, se prolongaron cada vez con más fuerza durante largos minutos. Finalmente se desplomó pesadamente sobre cubierta; mientras me esforzaba por levantarle, tuve la impresión de que había muerto.

Pedí auxilio y, con mucho trabajo, le hicimos volver en sí. Apenas reaccionó se puso a hablar incoherentemente, hasta que le sangramos y le metimos en cama. A la mañana siguiente se había recobrado del todo, por lo menos en lo que se refiere a la salud física. De su mente prefiero no decir nada. Evité encontrarme con él durante el resto del viaje, siguiendo el consejo del capitán, quien parecía coincidir plenamente conmigo en que Wyatt estaba loco, pero me pidió que no dijese nada a los restantes pasajeros.

Inmediatamente después de la crisis de mi amigo ocurrieron varias cosas que exaltaron todavía más la curiosidad que me poseía. Entre otras, señalaré la siguiente: Me sentía nervioso por haber bebido demasiado té verde, y dormía mal, tanto que durante dos noches no pude pegar los ojos. Mi camarote daba al salón principal, o salón comedor, como todos los camarotes ocupados por hombres solos. Las tres cabinas de Wyatt comunicaban con el salón posterior, el cual estaba separado del principal por una liviana puerta corrediza que no se cerraba nunca, ni siquiera de noche. Como seguíamos navegando con viento en contra, el barco escoraba acentuadamente a sotavento y, cada vez que el lado de estribor se inclinaba en ese sentido, la puerta divisoria se corría y quedaba en esa posición, sin que nadie se molestara en levantarse y cerrarla. Mi camarote hallábase en una posición tal que, cuando tenía abierta la puerta (lo que ocurría siempre, a causa del calor), podía ver con toda claridad el salón posterior, e incluso esa parte adonde daban los camarotes de Wyatt. Pues bien, durante dos noches (no consecutivas), en que me hallaba despierto, vi que, a eso de las once, la señora Wyatt salía cautelosamente del camarote de su esposo y entraba en el camarote sobrante, donde permanecía hasta la madrugada, hora en que Wyatt iba a buscarla y la hacía entrar nuevamente en su cabina. Resultaba claro, pues, que el matrimonio estaba separado. Ocupaban habitaciones aparte, sin duda a la espera de un divorcio más absoluto; y pensé que en eso residía, después de todo, el misterio del camarote suplementario.

Mucho me interesó, además, otra circunstancia. Durante las dos noches de insomnio a que he aludido, e inmediatamente después que la señora Wyatt hubo entrado en el tercer camarote, atrajeron mi atención ciertos singulares sonidos ahogados que brotaban del de su esposo. Tras de escuchar un tiempo, logré explicarme perfectamente su significado. Aquellos ruidos los producía el artista al abrir la caja oblonga mediante un escoplo y una maza, esta última envuelta en alguna materia algodonosa o de lana que amortiguaba los golpes.

A fuerza de escuchar me pareció que podía distinguir el preciso momento en que Wyatt levantaba la tapa, y también cuando la retiraba a fin de depositarla en la litera superior de su cabina. Me di cuenta de esto último a causa de los golpecitos que daba la tapa contra los tabiques de madera del camarote, mientras que Wyatt trataba de depositarla con toda suavidad en la litera, por no haber espacio en el suelo. A eso seguía un profundo silencio, sin que volviera a escuchar nada hasta el amanecer, como no fuera, si cabe mencionarlo, un leve sonido semejante a sollozos o suspiros, tan sofocados que resultaban casi inaudibles -a menos que se tratara de un producto de mi imaginación-. He dicho que aquello hacía pensar en sollozos o suspiros, pero muy bien podía tratarse de otra cosa; más bien cabía pensar en una ilusión auditiva. Sin duda, de acuerdo con sus hábitos, Wyatt se entregaba a uno de sus caprichos, dejándose llevar por un arrebato de entusiasmo artístico, y abría la caja oblonga a fin de regalar sus ojos con el tesoro pictórico que encerraba. Por supuesto, nada había en esto que justificara un rumor desollozos; repito, pues, que debía tratarse de una alucinación de mi mente, excitada por el té verde del excelente capitán Hardy. En las dos noches de que he hablado, poco antes del alba oí cómo Wyatt volvía a colocar la tapa sobre la caja oblonga, introduciendo los clavos en sus agujeros por medio de la maza envuelta en trapos. Hecho esto salía de su camarote completamente vestido e iba en busca de la señora Wyatt, que se hallaba en la otra cabina.

Llevábamos siete días en el mar y habíamos pasado ya el cabo Hatteras, cuando nos asaltó un fortísimo viento del sudoeste. Como el tiempo se había mostrado amenazante, no nos tomó desprevenidos. Todo a bordo estaba bien aparejado y, cuando el viento se hizo más intenso, nos dejamos llevar con dos rizos de la mesana cangreja y el trinquete.

Con este velamen navegamos sin mayor peligro durante cuarenta y ocho horas, ya que el barco resultó ser muy marino y no hacía agua. Pero, al cumplirse este tiempo, el viento se transformó en huracán y la mesana cangreja se hizo pedazos, con lo cual quedamos de tal modo a merced de los elementos que de inmediato nos barrieron varias olas enormes, en rápida sucesión. Este accidente nos hizo perder tres hombres, aparte de quedar destrozadas las amuradas de babor y la cocina. Apenas habíamos recobrado algo de calma cuando el trinquete voló en jirones, lo que nos obligó a izar una vela de estay, pudiendo así resistir algunas horas, pues el barco capeaba el temporal con mayor estabilidad que antes.

Pero el huracán mantenía toda su fuerza, sin dar señales de amainar. Pronto se vio que la enjarciadura estaba en mal estado, soportando una excesiva tensión; al tercer día de la tempestad, a las cinco de la tarde, un terrible bandazo a barlovento mandó por la borda nuestro palo de mesana. Durante más de una hora luchamos por terminar de desprenderlo del buque, a causa del terrible rolido; antes de lograrlo, el carpintero subió a anunciarnos que había cuatro pies de agua en la sentina. Para colmo de males descubrimos que las bombas estaban atascadas y que apenas servían.

Todo era ahora confusión y angustia, pero continuamos luchando para aligerar el buque, tirando por la borda la mayor parte del cargamento y cortando los dos mástiles que quedaban. Todo esto se llevó a cabo, pero las bombas seguían inutilizables y la vía de agua continuaba inundando la cala.

A la puesta del sol el huracán había amainado sensiblemente y, como el mar se calmara, abrigábamos todavía esperanzas de salvarnos en los botes. A las ocho de la noche las nubes se abrieron a barlovento y tuvimos la ventaja de que nos iluminara la luna llena, lo cual devolvió el ánimo a nuestros abatidos espíritus.

Después de una increíble labor pudimos por fin botar al agua la chalupa y embarcamos en ella a la totalidad de la tripulación y a la mayor parte de los pasajeros. Alejóse la chalupa y, al cabo de muchísimos sufrimientos, llegó finalmente sana y salva a Ocracoke Inlet, tres días después del naufragio.

Catorce pasajeros quedamos a bordo con el capitán, resueltos a intentar fortuna en el botequín de popa. Lo botamos sin dificultad, aunque sólo por milagro no se volcó al tocar el agua, y embarcaron en él el capitán y su esposa, Wyatt y su familia, un oficial mexicano con su esposa y sus cuatro hijos, y yo con mi criado de color.

Como es natural, no había allí espacio para otra cosa que unos pocos instrumentos imprescindibles, provisiones y las ropas que llevábamos puestas. Nadie había pensado siquiera en salvar otros bienes. ¡Cuál no sería nuestra estupefacción cuando, apenas alejados del barco, vimos a Wyatt que se ponía de pie en la popa del bote y, fríamente, pedía al capitán Hardy que nos acercáramos otra vez al barco para embarcar su caja oblonga!

-Siéntese usted, señor Wyatt -replicó el capitán con alguna severidad-. Terminará por hacer zozobrar el bote si no se está quieto. ¿No ve que la borda está al ras del agua?

-¡La caja! -vociferó Wyatt, siempre de pie-. ¡La caja, le digo! Capitán Hardy, no puede usted rehusarme lo que le pido… ¡No, no puede! ¡No pesa casi nada…. apenas una nada! ¡Por la madre que le dio a luz, por el amor del cielo, por lo que más quiera… le imploro que volvamos a buscar la caja!

Durante un momento el capitán pareció conmovido por las súplicas, pero no tardó en recobrar su aire adusto y replicó:

-Señor Wyatt, usted está loco, y no lo escucharé. ¡Siéntese le digo, o hará zozobrar el bote! ¡Vosotros, sujetadlo… pronto… o saltará al agua…! ¡Ah… demasiado tarde!

En efecto, al decir el capitán estas palabras, Wyatt se había arrojado al agua y, como todavía estábamos al socaire del buque, logró, tras un sobrehumano esfuerzo, sujetarse de una cuerda que colgaba a proa. Un instante después trepaba a cubierta y corría frenéticamente hacia la escotilla que llevaba a los camarotes.

Entretanto habíamos sido llevados hacia la popa del barco y, sin la protección de su casco, quedamos inmediatamente a merced del terrible oleaje. Nos esforzamos por acercarnos otra vez, pero nuestro pequeño bote era como una pluma en el soplo de la tempestad. Nos bastó una ojeada para comprender que el destino del infortunado artista estaba sellado.

A medida que aumentaba nuestra distancia del buque casi sumergido, vimos que el loco (ya que sólo podíamos considerarlo como tal) aparecía otra vez en cubierta y, con fuerzas que parecían las de un gigante, arrastraba consigo la caja oblonga. Mientras lo contemplábamos en el colmo de la estupefacción, vimos que arrollaba rápidamente una cuerda a la caja y la pasaba luego varias veces por su cuerpo. Un instante después ambos caían al mar, desapareciendo instantáneamente y para siempre.

Por un momento detuvimos el movimiento de los remos, clavados los ojos en el lugar del drama. Por fin reanudamos nuestros esfuerzos, y pasó una hora sin que nadie dijera una palabra. Yo me atreví, por fin, a insinuar una observación.

-¿Reparó usted, capitán, en cómo se hundieron de golpe? ¿No es sumamente curioso? Confieso que, por un momento, tuve una débil esperanza de que Wyatt se salvaría, al ver que se ataba a la caja y se confiaba así al mar.

-Por supuesto que se hundieron, y con la rapidez de una bala de plomo -repuso el capitán-. Sin embargo volverán a subir a la superficie… pero no antes de que la sal se disuelva.

-¡La sal! -exclamé.

-¡Sh…! -dijo el capitán, señalándome a la esposa y hermanas del muerto-. Ya hablaremos de esas cosas en un momento más oportuno.

Mucho sufrimos, y escapamos por muy poco de la muerte, pero la fortuna nos favoreció al igual que a nuestros camaradas de la chalupa. Más muertos que vivos, después de cuatro días de horrible angustia, tocamos tierra en la playa opuesta a Roanoke Island. Permanecimos allí una semana, pues los raqueros no nos trataron mal, y finalmente hallamos la manera de llegar a Nueva York.

Un mes después de la pérdida del Independence, me encontré casualmente en Broadway con el capitán Hardy. Como es natural, nuestra conversación versó sobre el naufragio y, en especial, sobre el triste destino del pobre Wyatt. En esa ocasión me enteré de los detalles siguientes:

El artista había tomado pasaje para él, su esposa, sus dos hermanas y una criada. Tal como él la había descrito, su esposa era la más encantadora y cultivada de las mujeres. En la mañana del 14 de junio (día en que visité por primera vez el barco), la señora Wyatt enfermó repentinamente y murió. El joven esposo estaba enloquecido de dolor, pero las circunstancias le impedían aplazar su viaje a Nueva York. Era necesario que llevara a su madre el cuerpo de la esposa adorada, aunque, por otra parte, no ignoraba que un prejuicio universal le impediría hacerlo abiertamente. De cada diez pasajeros, nueve habrían abandonado el barco antes de hacerse a la mar en compañía de un cadáver.

En este dilema, el capitán Hardy consintió en que el cuerpo, parcialmente embalsamado y colocado entre espesas capas de sal en una caja de dimensiones adecuadas, fuera subido a bordo como si se tratara de una mercancía. Nada se diría sobre el fallecimiento de la dama; mas, como ya era sabido que Wyatt había tomado pasaje para él y su esposa, fue preciso encontrar a alguien que desempeñara el papel de esta última durante el viaje. La doncella de la difunta aceptó ese papel voluntariamente. El camarote sobrante, que en principio había sido tomado para la criada, fue, naturalmente, conservado. Allí dormía aquélla, como se supondrá, todas las noches. De día representaba, en la medida de sus posibilidades, el papel de ama -cuya persona era totalmente desconocida para los pasajeros de a bordo, como se tuvo buen cuidado de verificar previamente.

En cuanto a mi engaño, nació de un temperamento demasiado negligente, inquisidor e impulsivo. Pero, desde entonces, es muy raro que duerma bien de noche. De cualquier lado que me vuelva, hay siempre un rostro que me hostiga. Y una risa histérica resonará para siempre en mis oídos.


Cuento Corto: La Main (La Mano) Guy de Maupassant

Guy de Maupassant

“Un beso legal nunca es tan bueno como uno robado”  Guy de Maupassant

Henri René Albert Guy de Maupassant, escritor francés del SXIX. Autor de Bola de Sebo, El Horla, etc. 

Una traducción ligeramente distinta a la leída en Hexen 27.06.2013, tomada originalmente del libro “El Cuento Fantástico Francés”. La incluída en esta nota, es la versión de descarga libre

Incluímos además los comentarios anteriores al cuento, de la selección y prólogo de Anne Liese von der Lippen, de El Cuento Fantástico Francés

Guy de Maupassant (1850-1893)

“Para muchos, la zona fantática de la obra de Maupassant es el fruto de su estado mental, de una cierta tendencia a la melancolía, digamos de su locura. Pero es importante y justo reconocer que los mundos extraños fascinaron siempre al autor de “Horla” y que algunos de sus escritos clasificados como naturalistas dejan entrever en sus tonos claroscuros una atmósfera irreal, premoniciones inquietares, asaltos al mundo de la razón “de buenas a primeras”. 
Sin duda buena parte de su obra lo ubica con comodidad entre los escritores fantásticos. A falta de un estilo original, Maupassant, tiene un tono que no aparece en ningun otro creador, en alguna palabras, en frases únicas, en el laborioso esfuerzo para diferenciar circunstancias análogas, que le ocupan páginas enteras.
La Mano fue publicada en Contes du jour et de la nuit (1885) Cuentos del Día y de la Noche”

la-mano-disecada

La Mano.

Estaban en círculo en torno al señor Bermutier, juez de instrucción, que daba su opinión sobre el misterioso suceso de Saint-Cloud. Desde hacía un mes, aquel inexplicable crimen conmovía a París. Nadie entendía nada del asunto.

El señor Bermutier, de pie, de espaldas a la chimenea, hablaba, reunía las pruebas, discutía las distintas opiniones, pero no llegaba a ninguna conclusión.

Varias mujeres se habían levantado para acercarse y permanecían de pie, con los ojos clavados en la boca afeitada del magistrado, de donde salían las graves palabras. Se estremecían, vibraban, crispadas por su miedo curioso, por la ansiosa e insaciable necesidad de espanto que atormentaba su alma; las torturaba como el hambre.

Una de ellas, más pálida que las demás, dijo durante un silencio:

-Es horrible. Esto roza lo sobrenatural. Nunca se sabrá nada.

El magistrado se dio la vuelta hacia ella:

-Sí, señora, es probable que no se sepa nunca nada. En cuanto a la palabra sobrenatural que acaba de emplear, no tiene nada que ver con esto. Estamos ante un crimen muy hábilmente concebido, muy hábilmente ejecutado, tan bien envuelto en misterio que no podemos despejarlo de las circunstancias impenetrables que lo rodean. Pero yo, antaño, tuve que encargarme de un suceso en que verdaderamente parecía que había algo fantástico. Por lo demás, tuvimos que abandonarlo, por falta de medios para esclarecerlo.

Varias mujeres dijeron a la vez, tan de prisa que sus voces no fueron sino una:

-¡Oh! Cuéntenoslo.

El señor Bermutier sonrió gravemente, como debe sonreír un juez de instrucción. Prosiguió:

-Al menos, no vayan a creer que he podido, incluso un instante, suponer que había algo sobrehumano en esta aventura. No creo sino en las causas naturales. Pero sería mucho más adecuado si en vez de emplear la palabra sobrenatural para expresar lo que no conocemos, utilizáramos simplemente la palabra inexplicable. De todos modos, en el suceso que voy a contarles, fueron sobre todo las circunstancias circundantes, las circunstancias preparatorias las que me turbaron. En fin, éstos son los hechos:

«Entonces era juez de instrucción en Ajaccio, una pequeña ciudad blanca que se extiende al borde de un maravilloso golfo rodeado por todas partes por altas montañas.

«Los sucesos de los que me ocupaba eran sobre todo los de vendettas. Los hay soberbios, dramáticos al extremo, feroces, heroicos. En ellos encontramos los temas de venganza más bellos con que se pueda soñar, los odios seculares, apaciguados un momento, nunca apagados, las astucias abominables, los asesinatos convertidos en matanzas y casi en acciones gloriosas. Desde hacía dos años no oía hablar más que del precio de la sangre, del terrible prejuicio corso que obliga a vengar cualquier injuria en la propia carne de la persona que la ha hecho, de sus descendientes y de sus allegados. Había visto degollar a ancianos, a niños, a primos; tenía la cabeza llena de aquellas historias.

«Ahora bien, me enteré un día de que un inglés acababa de alquilar para varios años un pequeño chalet en el fondo del golfo. Había traído con él a un criado francés, a quien había contratado al pasar por Marsella.

«Pronto todo el mundo se interesó por aquel singular personaje, que vivía solo en su casa y que no salía sino para cazar y pescar. No hablaba con nadie, no iba nunca a la ciudad, y cada mañana se entrenaba durante una o dos horas en disparar con la pistola y la carabina.

«Se crearon leyendas en torno a él. Se pretendió que era un alto personaje que huía de su patria por motivos políticos; luego se afirmó que se escondía tras haber cometido un espantoso crimen. Incluso se citaban circunstancias particularmente horribles.

«Quise, en mi calidad de juez de instrucción, tener algunas informaciones sobre aquel hombre; pero me fue imposible enterarme de nada. Se hacía llamar sir John Rowell.

«Me contenté, pues, con vigilarlo de cerca; pero, en realidad, no me señalaban nada sospechoso respecto a él.

«Sin embargo, al seguir, aumentar y generalizarse los rumores acerca de él, decidí intentar ver por mí mismo al extranjero, y me puse a cazar con regularidad en los alrededores de su dominio.

«Esperé durante mucho tiempo una oportunidad. Se presentó finalmente en forma de una perdiz a la que disparé y maté delante de las narices del inglés. Mi perro me la trajo; pero, cogiendo en seguida la caza, fui a excusarme por mi inconveniencia y a rogar a sir John Rowell que aceptara el pájaro muerto.

«Era un hombre grande con el pelo rojo, la barba roja, muy alto, muy ancho, una especie de Hércules plácido y cortés. No tenía nada de la rigidez llamada británica, y me dio las gracias vivamente por mi delicadeza en un francés con un acento de más allá de la Mancha. Al cabo de un mes habíamos charlado unas cinco o seis veces.

«Finalmente una noche, cuando pasaba por su puerta, lo vi en el jardín, fumando su pipa a horcajadas sobre una silla. Lo saludé y me invitó a entrar para tomar una cerveza. No fue necesario que me lo repitiera.

«Me recibió con toda la meticulosa cortesía inglesa; habló con elogios de Francia, de Córcega, y declaró que le gustaba mucho este país, y esta costa.

«Entonces, con grandes precauciones y como si fuera resultado de un interés muy vivo, le hice unas preguntas sobre su vida y sus proyectos. Contestó sin apuros y me contó que había viajado mucho por África, las Indias y América. Añadió riéndose:

«-Tuve mochas avanturas, ¡oh! yes.

«Luego volví a hablar de caza y me dio los detalles más curiosos sobre la caza del hipopótamo, del tigre, del elefante e incluso la del gorila. Dije:

«-Todos esos animales son temibles.

«Sonrió:

«-¡Oh, no! El más malo es el hombre.

«Se echó a reír abiertamente, con una risa franca de inglés gordo y contento:

«-He cazado mocho al hombre también.

«Después habló de armas y me invitó a entrar en su casa para enseñarme escopetas con diferentes sistemas.

«Su salón estaba tapizado de negro, de seda negra bordada con oro. Grandes flores amarillas corrían sobre la tela oscura, brillaban como el fuego. Dijo:

«-Eso ser un tela japonesa.

«Pero, en el centro del panel más amplio, una cosa extraña atrajo mi mirada. Sobre un cuadrado de terciopelo rojo se destacaba un objeto rojo. Me acerqué: era una mano, una mano de hombre. No una mano de esqueleto, blanca y limpia, sino una mano negra reseca, con uñas amarillas, los músculos al descubierto y rastros de sangre vieja, sangre semejante a roña, sobre los huesos cortados de un golpe, como de un hachazo, hacia la mitad del antebrazo.

«Alrededor de la muñeca una enorme cadena de hierro, remachada, soldada a aquel miembro desaseado, la sujetaba a la pared con una argolla bastante fuerte como para llevar atado a un elefante. Pregunté:

«-¿Qué es esto?

«El inglés contestó tranquilamente:

«-Era mejor enemigo de mí. Era de América. Ello había sido cortado con el sable y arrancado la piel con un piedra cortante, y secado al sol durante ocho días. ¡Aoh, muy buena para mí, ésta.

«Toqué aquel despojo humano que debía de haber pertenecido a un coloso. Los dedos, desmesuradamente largos, estaban atados por enormes tendones que sujetaban tiras de piel a trozos. Era horroroso ver esa mano, despellejada de esa manera; recordaba inevitablemente alguna venganza de salvaje. Dije:

«-Ese hombre debía de ser muy fuerte.

«El inglés dijo con dulzura:

«-Aoh yes; pero fui más fuerte que él. Yo había puesto ese cadena para sujetarle.

«Creí que bromeaba. Dije:

«-Ahora esta cadena es completamente inútil, la mano no se va a escapar.

«Sir John Rowell prosiguió con tono grave:

«-Ella siempre quería irse. Ese cadena era necesario.

«Con una ojeada rápida, escudriñé su rostro, preguntándome: “¿Estará loco o será un bromista pesado?”

«Pero el rostro permanecía impenetrable, tranquilo y benévolo. Cambié de tema de conversación y admiré las escopetas.

«Noté sin embargo que había tres revólveres cargados encima de unos muebles, como si aquel hombre viviera con el temor constante de un ataque.

«Volví varias veces a su casa. Después dejé de visitarlo. La gente se había acostumbrado a su presencia; ya no interesaba a nadie.

«Transcurrió un año entero; una mañana, hacia finales de noviembre, mi criado me despertó anunciándome que Sir John Rowell había sido asesinado durante la noche.

«Media hora más tarde entraba en casa del inglés con el comisario jefe y el capitán de la gendarmería. El criado, enloquecido y desesperado, lloraba delante de la puerta. Primero sospeché de ese hombre, pero era inocente.

«Nunca pudimos encontrar al culpable.

«Cuando entré en el salón de Sir John, al primer vistazo distinguí el cadáver extendido boca arriba, en el centro del cuarto.

«El chaleco estaba desgarrado, colgaba una manga arrancada, todo indicaba que había tenido lugar una lucha terrible.

«¡El inglés había muerto estrangulado! Su rostro negro e hinchado, pavoroso, parecía expresar un espanto abominable; llevaba algo entre sus dientes apretados; y su cuello, perforado con cinco agujeros que parecían haber sido hechos con puntas de hierro, estaba cubierto de sangre.

«Un médico se unió a nosotros. Examinó durante mucho tiempo las huellas de dedos en la carne y dijo estas extrañas palabras:

«-Parece que lo ha estrangulado un esqueleto.

«Un escalofrío me recorrió la espalda y eché una mirada hacia la pared, en el lugar donde otrora había visto la horrible mano despellejada. Ya no estaba allí. La cadena, quebrada, colgaba.

«Entonces me incliné hacia el muerto y encontré en su boca crispada uno de los dedos de la desaparecida mano, cortada o más bien serrada por los dientes justo en la segunda falange.

«Luego se procedió a las comprobaciones. No se descubrió nada. Ninguna puerta había sido forzada, ninguna ventana, ningún mueble. Los dos perros de guardia no se habían despertado.

«Ésta es, en pocas palabras, la declaración del criado:

«Desde hacía un mes su amo parecía estar agitado. Había recibido muchas cartas, que había quemado a medida que iban llegando.

«A menudo, preso de una ira que parecía demencia, cogiendo una fusta, había golpeado con furor aquella mano reseca, lacrada en la pared, y que había desaparecido, no se sabe cómo, en la misma hora del crimen.

«Se acostaba muy tarde y se encerraba cuidadosamente. Siempre tenía armas al alcance de la mano. A menudo, por la noche, hablaba en voz alta, como si discutiera con alguien.

«Aquella noche daba la casualidad de que no había hecho ningún ruido, y hasta que no fue a abrir las ventanas el criado no había encontrado a sir John asesinado. No sospechaba de nadie.

«Comuniqué lo que sabía del muerto a los magistrados y a los funcionarios de la fuerza pública, y se llevó a cabo en toda la isla una investigación minuciosa. No se descubrió nada.

«Ahora bien, tres meses después del crimen, una noche, tuve una pesadilla horrorosa. Me pareció que veía la mano, la horrible mano, correr como un escorpión o como una araña a lo largo de mis cortinas y de mis paredes. Tres veces me desperté, tres veces me volví a dormir, tres veces volví a ver el odioso despojo galopando alrededor de mi habitación y moviendo los dedos como si fueran patas.

«Al día siguiente me la trajeron; la habían encontrado en el cementerio, sobre la tumba de sir John Rowell; lo habían enterrado allí, ya que no habían podido descubrir a su familia. Faltaba el índice.

«Ésta es, señoras, mi historia. No sé nada más.»

Las mujeres, enloquecidas, estaban pálidas, temblaban. Una de ellas exclamó:

-¡Pero esto no es un desenlace, ni una explicación! No vamos a poder dormir si no nos dice lo que según usted ocurrió.

El magistrado sonrió con severidad:

-¡Oh! Señoras, sin duda alguna, voy a estropear sus terribles sueños. Pienso simplemente que el propietario legítimo de la mano no había muerto, que vino a buscarla con la que le quedaba. Pero no he podido saber cómo lo hizo. Este caso es una especie de vendetta.

Una de las mujeres murmuró:

-No, no debe de ser así.

Y el juez de instrucción, sin dejar de sonreír, concluyó:

-Ya les había dicho que mi explicación no les gustaría.


Cuento Corto: El Dragón: Ray Bradbury

Ray Bradubury. Cumpleaños # 92 años. (Agosto 22 1920- Junio 5 2012)

La noche soplaba en el pasto escaso del páramo. No había ningún otro movimiento. Desde hacía años, en el casco del cielo, inmenso y tenebroso, no volaba ningún pájaro. Tiempo atrás, se habían desmoronado algunos pedruscos convirtiéndose en polvo. Ahora, sólo la noche temblaba, en el alma de los dos hombres, encorvados en el, desierto, junto a la hoguera solitaria; la oscuridad les latía calladamente en las venas, les golpeaba silenciosamente en las muñecas y en las sienes.

Las luces del fuego subían y bajaban por los rostros despavoridos y se volcaban en los ojos como jirones anaranjados. Cada uno de los hombres espiaba la respiración débil y fría y los parpadeos de lagarto del otro.

Al fin, uno de ellos atizó el fuego con la espada.

-       ¡No, idiota, nos delatarás!

-       ¡Que importa! -dijo el otro hombre-. El dragón puede olernos a kilómetros de distancia. Dios, hace frío. Quisiera estar en el castillo.

-       Es la muerte, no el sueño, lo que buscamos…

-       ¿Por que? ¿Por que? ¡El dragón nunca entra en el pueblo!

-       ¡Cállate, tonto! Devora a los hombres que viajan solos desde nuestro pueblo al pueblo vecino.

-       ¡Que se los devore y que nos deje llegar a casa!

-       ¡Espera, escucha!

Los dos hombres se quedaron quietos.Aguardaron largo tiempo, pero solo sintieron el temblor nervioso de la piel de los caballos, cornotamboriles de terciopelo negro que repicaban en las argollas de plata de los estribos, suavemente,suavemente.

-      Ah… -El segundo hombre suspiró-. Qué tierra de pesadillas. Todo sucede aquí. Alguien apaga el sol; es de noche. Y entonces, y entonces, ¡oh, Dios, escucha! Este dragón dicen que tiene ojos de fuego, y un aliento de gas blanquecino; se lo ve arder a través de los páramos oscuros. Corre echando rayos y azufre,quemando el pasto. Las ovejas, aterradas, enloquecen y mueren. Las mujeres dan a luz criaturas monstruosas. La furia del dragón es tan inmensa que los muros de las torres se conmueven y vuelven al polvo. Las víctimas, a la salida del sol, aparecen dispersas aquí y allá, sobre los cerros. ¿Cuántos caballeros, pregunto yo, habrán perseguido a este monstruo y habrán fracasado, como fracasaremos también nosotros?

-       ¡Suficiente te digo!

-       ¡Más que suficiente! Aquí, en esta desolación, ni siquiera sé en qué año estamos.

-       Novecientos años después de Navidad.

-       No, no -murmuró el segundo hombre con los ojos cerrados-. En este páramo no hay Tiempo, hay sólo Eternidad. Pienso a veces que si volviéramos atrás, el pueblo habría desaparecido, la gente no habría nacido todavía, las cosas estarían cambiadas, los castillos no tallados aún en las rocas, los maderos no cortados aún en los bosques; no preguntes cómo sé; el páramo sabe y me lo dice. Y aquí estamos los dos, solos, en la comarca del dragón de fuego. ¡Qué, Dios nos ampare!

-       ¡Si tienes miedo, ponte tu armadura!

-       ¿Para qué? El dragón sale de la nada; no sabemos dónde vive. Se desvanece en la niebla; quién sabe a dónde va. Ay, vistamos nuestra armadura, moriremos ataviados.

-        Enfundado a medias en el coiselete de plata, el segundo hombre se detuvo y volvió la cabeza.

En el extremo de la oscura campiña, henchido de noche y de nada, en el corazón mismo del páramo, sopló una ráfaga arrastrando ese polvo de los relojes que usaban polvo para contar el tiempo.

En el corazón del viento nuevo había soles negros y un millón de hojas carbonizadas, caídas de un árbol otoñal, más allá del horizonte. Era un viento que fundía paisajes, modelaba los huesos como cera blanda, enturbiaba y espesaba la sangre, depositándola como barro en el cerebro.

El viento era mil almas moribundas, siempre confusas y en tránsito, una bruma en una niebla de la oscuridad; y el sitio no era sitio para el hombre y no había año ni hora, sino sólo dos hombres en un vacío sin rostro de heladas súbitas, tempestades y truenos blancos que se movían por detrás de un cristal verde: el inmenso ventanal descendente, el relámpago. Una ráfaga de lluvia anegó la hierba; todo se desvaneció y no hubo más que un susurro sin aliento y los dos hombres que aguardaban a solas con su propio ardor, en un tiempo frío.

-       Mira… -murmuró el primer hombre-. Oh, mira, allá…

-        A kilómetros de distancia, precipitándose, un cántico y un rugido, el dragón.

Los hombres vistieron las armaduras y montaron los caballos, en silencio. Un monstruoso ronquido quebró la medianoche desierta, y el dragón, rugiendo, se acercó, y se acercó todavía más.

La deslumbrante mirada amarilla apareció de pronto en lo alto de un cerro, y en seguida, desplegando un cuerpo oscuro, lejano, impreciso, pasó por encima del cerro y se hundió en un valle.

-       ¡Pronto!

Espolearon las cabalgaduras hasta un claro.

-       ¡Por aquí pasa!

Los guanteletes empuñaron las lanzas y las viseras cayeron sobre los ojos de los caballeros.

-       ¡Señor!

-       Sí, invoquemos su nombre.

En ese instante, el dragón rodeó un cerro. El monstruoso ojo ambarino se clavó en los hombres,iluminando las armaduras con destellos y resplandores bermejos. Hubo un terrible alarido quejumbroso, y un ímpetu demoledor, y la bestia prosiguió su carrera.

-       ¡Dios misericordioso!

La lanza golpeó bajo el ojo amarillo sin párpado, y el hombre voló por el aire. El dragón se le abalanzó, lo derribó, lo aplastó, y el hombro negro lanzó al otro jinete a unos treinta metros de distancia, contra la pared de una roca. Gimiendo, gimiendo siempre, el dragón pasó, vociferando, todo fuego alrededor y debajo: un sol rosado, amarillo, naranja, con plumones suaves de humo enceguecedor.

-       ¿Viste? – gritó una voz -. ¿No te lo había dicho?

-       ¡Sí! ¡Sí! ¡Un caballero con armadura! ¡Lo atropellamos!

-       ¿Vas a detenerte?

-       Me detuve una vez; no encontré nada. No me gusta detenerme en este páramo. Me pone la carne de gallina. No sé qué siento.

-       Pero atropellamos algo.

El tren silbó un buen rato; el hombre no se movió. Una ráfaga de humo dividió la niebla.

-       Llegaremos a Stokely a horario. Más carbón, ¿eh, Fred?

Un nuevo silbido, que desprendió el rocío del cielo desierto. El tren nocturno, de fuego y furia, entro en un barranco, trepó por una ladera y se perdió a lo lejos sobre la tierra helada, hacia el Norte,desapareciendo para siempre y dejando un humo negro y un vapor que pocos minutos después se disolvieron en el aire quieto.

Cuento leído como Postal de Media Noche en HEXEN 23.08.2012.
Incluído en Remedios para Melancólicos (1960)

 


Cuento Corto: La Dama Oval. Leonora Carrington

Una dama muy alta y muy delgada se hallaba de pie delante de su ventana. La ventana era también muy alta y muy delgada. El rostro de aquella dama era pálido y triste. Permanecía inmóvil y nada se movía cerca de la ventana, excepto una pluma de faisán que llevaba prendida en sus cabellos. Aquella temblorosa pluma atraía mi mirada. iSe remecía tanto en aquella ventana donde nada se movía! Era la séptima vez que yo pasaba por delante de la mencionada ventana. La dama triste no se habla movido y, a pesar del frío que hacia aquella tarde, me detuve. Tal vez los muebles eran tan altos y delgados como ella junto a su ventana, y tal vez el gato (si es que había uno) respondía también a tales elegantes proporciones. Yo deseaba saber, era presa de curiosidad y de un irresistible deseo de entrar en la casa simplemente para cerciorarme. Antes de caer en la cuenta de lo que hacía, me hallaba en la entrada. La puerta se cerró sin ruido detrás de mi, y por primera vez en mi vida me hallé en una verdadera mansión aristocrática. Era sobrecogedor. Primero, el silencio era tan distinguido que apenas me atrevía a respirar; luego, los muebles y los objetos de adorno eran de una elegancia suma. Cada silla era por lo menos dos veces más alta que las sillas corrientes y mucho más angosta. Para aquellos aristócratas, hasta los platos eran ovales y no redondos como los que usa todo el mundo. En el salón donde se hallaba la Dama Triste el fuego brillaba en la chimenea y había una mesa llena de tazas y pastelillos. Cerca de las llamas, una tetera esperaba tranquilamente que su contenido fuese bebido.

Vista de espaldas, la Dama parecía aún más alta: tenia, a lo menos, tres metros de altura. El problema era éste: ¿cómo dirigirle la palabra? ¿Decirle que hacia un tiempo de perros? Demasiado trivial. ¿Hablar de poesía? ¿De qué poesía?

- Señora,¿le gusta a usted la poesía?

- No. Detesto la poesía -me contestó con una voz de fastidio, sin volverse hacia mi.

- Beba una taza de té; esto la tranquilizará.

- No bebo, no como. Lo hago para protestar contra mi padre, ese cochino.

Tras un cuarto de hora de silencio, ella se volvió y quedé sorprendida al advertir su juventud. Debía tener unos dieciséis años.

- Es usted muy alta para su edad, señorita. Cuando yo tenía dieciséis años, mi estatura era la mitad de la suya.

- iMe importa un cuerno! De todos modos, sirvame un poco de té, pero no lo diga a nadie. Tal vez tome uno de esos pastelillos, pero recuerde sobre todo que no debe decir nada.

Comió con un voraz apetito. Antes de engullir el vigésimo pastelillo, me dijo:

- Aunque me muera de hambre, él no ganará nunca. Desde aquí veo el cortejo fúnebre con sus cuatro gordos y relucientes caballos…, marchando lentamente, y mi pequeño ataúd blanco en medio de una nieve de rosas rojas. Y la gente llorando, llorando…

Tras una corta pausa, continuó, sollozando:

- ¡Aquí está el pequeño cadáver de la bella Lucrecia! Y, una vez muerta, ¿sabe usted?, no hay nada que hacer. Tengo deseos de matarme de hambre, sólo para jeringarlo. ¡Qué cerdo!

Dichas las anteriores palabras, salió lentamente de la estancia. La seguí.

Al llegar al tercer piso, entramos en una inmensa habitación destinada a los niños, donde, esparcidos por todas partes, se velan centenares de juguetes descompuestos y rotos. Lucrecia se acercó a un caballo de madera inmovilizado en actitud de galope, a pesar de su edad, que debla frisar en los cien años.

- Tártaro es mi preferido -dijo ella, acariciando el belfo del caballo-. Detesta a mi padre.

Tártaro se meció graciosamente sobre su balancín mientras yo me preguntaba cómo podía moverse solo. Lucrecia lo contempló, pensativa y unidas las manos.

- Irá muy lejos de esta manera -dijo-. Y cuando regrese, me contará algo interesante.

Al mirar hacia fuera, advertí que nevaba. Hacia mucho frío pero Lucrecia no se daba cuenta de ello. Un ruidito en la ventana llamó su atención.

- Es Mathilde -dijo-. Hubiera tenido que dejar abierta la ventana. Por otra parte, una se ahoga aquí.

Tras eso, rompió los cristales y la nieve entró junto con una urraca que, volando, dio tres vueltas por la habitación.

- Mathilde habla como nosotros; hace diez años le partí la lengua en dos. iQué hermosa criatura!

- iHermosa criatura! -graznó Mathilde, con voz de bruja-. iHermooosa crrrriaturrrrra!

Mathilde se posó en la cabeza de Tártaro, que continuaba balanceándose dulcemente, cubierto de nieve.

¿Has venido para jugar con nosotros? -preguntó Lucrecia-. Estoy contenta, porque me aburro mucho aquí. ¿Y si imagináramos que todos nos hemos convertido en caballos? Yo voy a transformarme en caballo con nieve; esto será más verosímil. Tú, Mathilde, también eres un caballo.

- ¡Caballo! ¡Caballo! ¡Caballo! -graznó Mathilde, bailando histéricamente sobre la cabeza de Tártaro.

Lucrecia se arrojó a la nieve, que ya tenía mucho espesor, y se enroscó dentro de ella, gritando:

- iTodos somos caballos!

Cuando se levantó el efecto era extraordinario. Si yo no hubiese sabido que era Lucrecia, hubiera jurado que se trataba de un verdadero caballo. Era tan bello, de una blancura tan cegadora, con sus cuatro finos remos como agujas y una crin que caía en torno a su larga cara como si fuese agua. Reía, alegre, bailando locamente en la nieve.

- ¡Galopa, galopa, Tártaro! Pero yo seré más veloz que tú.

Tártaro no cambiaba de velocidad, pero sus ojos centelleaban. Sólo se velan sus ojos, porque estaba cubierto de nieve.

Mathilde chillaba y se golpeaba la cabeza contra los muros. Yo bailaba una especie de polka para que el frío no se apoderase de mi cuerpo.

De pronto, advertí que la puerta estaba abierta y que en el umbral se encontraba una vieja. Estaba allí seguramente desde hacia mucho rato, sin que yo hubiese reparado en ella. La vieja miraba a Lucrecia con ojos fijos y perversos. De repente, temblando de furor, gritó:

- ¡Deteneos! ¿Qué es eso? ¡Vaya, señoritas! Lucrecia, ¿no sabe usted que este juego está estrictamente prohibido por su padre? iRidículo juego! Ya no es usted una chiquilla.

Lucrecia bailaba moviendo peligrosamente sus cuatro piernas cerca de la vieja, al tiempo que lanzaba penetrantes carcajadas.

- iDeténgase, Lucrecia!

La voz de Lucrecia era cada vez más aguda, se desternillaba de risa.

- Bueno -dijo la vieja-. ¿No me obedece usted, señorita? Bueno. Entonces, lo lamentará. Voy a conducirla ante su padre.

Tenía una mano oculta detrás de su espalda, pero con una rapidez insólita en una persona tan anciana, saltó sobre Lucrecia y le puso el freno en la boca. Lucrecia se lanzó al aire, relinchando de rabia, pero la vieja no se apeó. Seguidamente, nos agarró a mi por los cabellos y a Mathilde por la cabeza, y los cuatro nos vimos lanzados a una furiosa danza. En el corredor, Lucrecia

empezó a cocear y rompió cuadros, sillas y jarrones de porcelana. La vieja estaba pegada a la espalda de Lucrecia como un molusco a la roca. Yo estaba llena de heridas; creí muerta a Mathilde: colgaba lamentablemente de la mano de la vieja como un trapo.

En medio de una verdadera orgía de ruidos, llegamos al comedor. Sentado al extremo de una larga mesa, un anciano caballero, más semejante a una forma geométrica que a otra cosa, terminaba de comer. Bruscamente, una calma absoluta se estableció en la habitación. Lucrecia miró a su padre con los ojos hinchados.

- Entonces, ¿vuelves a las andadas? -dijo el viejo, cascando una nuez-. La señorita de la Rochefroide ha hecho bien en traerte aquí. Hace exactamente tres años y tres días que te prohibí jugar a los caballos. Es la séptima vez que te amonesto, y seguramente estás enterada de que el número siete es el ultimo en nuestra familia. Me veo obligado, mi querida Lucrecia, a castigarte muy severamente.

La muchacha, bajo su forma de caballo, no se movió, pero las ventanas de su nariz palpitaron.

- Lo que voy a hacer es sólo por tu bien, pequeña -dijo el anciano, en voz muy baja. Y continuó-: Eres demasiado grande para jugar con Tártaro. Tártaro es para los niños. Por lo tanto, voy a quemarlo yo mismo hasta que no quede nada de él.

Lucrecia lanzó un grito terrible y cayó de rodillas.

- ¡Eso no! ¡Papa!

El anciano sonrió con gran dulzura y cascó otra nuez.

- Es la séptima vez, pequeña.

Lágrimas manaron de los grandes ojos de caballo de Lucrecia y cruzaron como dos riachuelos sus. mejillas de nieve. La muchacha iba cobrando una blancura tan resplandeciente que era luz.

- ¡Piedad, papá, piedad! ¡No quemes a Tártaro!

Su voz aguda se hacia cada vez más delgada. Lucrecia estuvo pronto arrodillada en un lago de agua. Yo era presa de un miedo terrible de verla fundirse.

- Señorita de la Rochefroide, haga salir a la señorita Lucrecia -dijo el padre; y la vieja sacó de allí a la pobre criatura, mudada en un ser flaco y tembloroso.

Creo que él no había advertido mi presencia. Me oculté detrás de la puerta y oí al viejo subir a la habitación de los niños. A poco, me tapaba los oídos con las manos: unos espantosos relinchos se oían arriba, como si una bestia sufriese inauditas torturas…

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El Ebola: Ignacio Carreòn (Artìculo)

Recuperamos un artìculo sobre uno de los primeros casos de un nuevo brote del ébola leído originalmente en Los Cuernos de la Luna (Iñaki Manero) y que gracias a Oscar Serrano pudimos tener la grabación original y la transcripciòn para ser leìda en Hexen (01.03.2012)
Artìculo publicado en El Pais el 2 Octubre 1994

La mañana del 1 de enero poco después del desayuno, una mañana fría, la temperatura del aire por debajo de los cinco grados, la hierba mojada. Monet y su amiga ascendieron por la mañana en el coche, siguiendo un camino embarrado y aparcaron en un pequeño valle situado debajo de la cueva de Kitum.

La mujer desapareció durante varios años tras aquel viaje al Monte Elgon con Charles Monet, luego de improviso reapareció en un bar de Mombasa donde trabajaba de prostituta, un médico keniano que había investigado el caso Monet fue casualmente a tomar una cerveza al bar, pegó la ebra (ligó) con ella y mencionó el nombre de Monet. Se pasmo cuando ella dijo: “Estoy enterada de eso, soy de Kenya, soy la mujer que iba con Charles Monet”. Él no le creyó, pero la mujer le contó la historia con tanto detalle, que quedó convencido que decía la verdad. Después de este encuentro en el bar, la mujer se desvaneció en los populosos barrios de Mombasa y a estas alturas es probable que haya muerto de SIDA.

Los dos se abrieron paso por la maleza, valle arriba en dirección a la cueva de Kitum, siguiendo las sendas de los elefantes que serpenteaban junto al arroyuelo, estuvieron atentos a los búfalos del cabo que de cerca son animales peligrosos, la cueva se abría en el extremo superior del valle y el arroyo, formaba una cascada que cubría la puerta, el sendero de elefantes llegaba hasta la entrada y seguía hasta el interior. Monet y su amiga procedieron a entrar y pasaron ahí toda el día de año nuevo, probablemente llovería, con lo que se sentarían durante horas en la entrada, mirando el otro lado del valle, contemplarían los búfalos del cabo y los lobos y verían a los iraks de las rocas, un animal peludo del tamaño de una marmota americana, corrriendo arriba y abajo por los peñascales próximos, también verían elefantes. Hay manadas de elefantes que entran por la noche en la cueva de Kitum, para hacerse con minerales y sales. En las llanuras a los elefantes no les cuesta encontrar sal en el subsuelo y en los agujeros de agua secos, pero en la selva húmeda la sal es un bien preciso.

La cueva es lo bastante grande para acoger hasta setenta elefantes a la vez, estos pasan la noche dentro de la cueva, adormecidos de pie o excavando la roca con sus colmillos, pinchan y arrancan piedras de las paredes, que reducen a fragmentos entre los dientes y se tragan los trocitos de piedra machacados. Los excrementos de elefante que hay alrededor de la cueva, están salpicados de roca desmenuzada. Monet y su amiga llevaban linternas y penetraron en la cueva para ver a donde conducía, la boca de la cueva es enorme, cincuenta metros de anchura y aún se ensancha más adentro, cruzaron un terreno llano con excrementos secos de elefante, tropezando al andar con los montes de polvo, la luz disminuía y el suelo de la cueva se elevaba formando una serie de cornizas cubiertas de sieno verde.

El sieno era guano de murciélago, la materia vegetal digerida y excretada por la colonia de murciélagos de la fruta que había en el techo. Los murciélagos aleteaban al salir de los agujeros y fluctuaban intermitentes a la luz de las linternas, rodeando y eludiendo sus cabezas, lanzando chillidos agudos, la luz de las linternas molestaba a los murciélagos y cada vez se despertaban más animales, cientos de ojos de murciélagos, semejantes a rubíes, los miraban desde el techo, oleadas de gritos recorrían el techo y resonaban de un lado a otro, un ruido seco, una especie de graznido, como de muchas puertecillas de voces chirriantes, vieron lo más hermoso de la cueva de Kitum. La cueva es un bosque húmedo petrificado, en las paredes y en el techo sobresalen los troncos fosilisados, una erupción del Monte Elgón ocurrida hace siete millones de años, enterró el bosque húmedo bajo las cenizas y los troncos se habían transformado en ópalo y cuarzo, los troncos estaban rodeados de cristales, agujas blancas de mineral que sobresalían de la piedra, los cristales eran tan puntiagudos, como agujas hipodérmicas y brillaban ala luz de las linternas.

Monet y su amiga anduvieron en la cueva enfocando el bosque petrificado con las linternas. Pasaría Monet la mano por los arboles de piedra y se pincharía en los dedos con algún cristal? Encontraros huesos petrificados que sobresalian del techo y de las paredes, huesos de cocodrilo, huesos de antiguos hipopótamos y de antepasados de los elefantes, había arañas que colgaban de sus telas entre los troncos. Llegaron a una suave cuesta donde la cámara principal se abría hasta superar los cien metros de anchura, una longitud mayor que la de un campo de futbol, encontraron una grieta y apuntaron las linternas hacia el fondo, había algo raro abajo, un amasijo de materia gris y pardosca, eran cadáveres momificados de pequeños elefantes, cuando los elefantes recorrían la cueva de noche, se orientaban con el sentido del tacto, palpando el suelo que tenián con la punta dela trompa, a veces los pequeños caían en la grieta.

Monet y su amiga siguiendo ahondando en la cueva, bajando una pendiente hasta llegar a un pilar que parecía sostener el techo, el pilar estaba cubierto de acanaladuras,  los elefantes habían rascado la piedra con los colmillos, para extraer la sal, al fondo de la cueva encontraron otro pilar, este estaba roto, encima colgaba una aterciopelada masa de murciélagos. Los murciélagos habían cubierto el pilar de guano negro, un guano distinto del sieno verde que había en la boca de la cueva. Estos murciélagos eran insectívoros y el guano consistía en insectos digeridos. Metío Monet la mano en el limo? Los investigadores que han estudiado el caso, consideraron la posibilidad de que Monet y su amiga, se desnudaran y copulasen de pie o acostados. Si Monet se quitó la ropa dentro de la cueva, habría dejado al aire libre, una gran cantidad de piel.

Charles Monet regresó a la casa de la bomba de la azucarera. Iba todos los días a su trabajo recorriendo a pie los quemados campos de caña, admirando sin duda la vista del Monte Elgón, y cuando la montaña quedaba oculta por las nubes, tal vez sintiera su influencia como la fuerza de gravedad de un planeta invisible. Mientras tanto, algo se estaba multiplicando dentro de Monet. Una forma parasitaria de vida había colonizado el organismo de Charles Monet y comenzaba a reproducirse o, como se dice en bioquímica, a replicarse.

El dolor de cabeza comenzó, como es característico, el séptimo día después de haber quedado expuesto al agente. El séptimo día después de la visita a la Cueva de Kitum es decir, el 8 de enero de 1980, Monet sintió un dolor palpitante detrás de los globos oculares. Decidió quedarse en casa, en lugar de ir al trabajo, y se acostó en la cabaña. El dolor de cabeza empeoró. Le dolían los ojos y más tarde comenzaron a dolerle las sienes, dándole la sensación de que el dolor rotaba dentro de su cabeza. No se lo quitaría una aspirina y más tarde tuvo un fuerte dolor de espalda. La mujer que le hacía las faenas, Johnnie, seguía de vacaciones y Monet había contratado provisionalmente a otra. Ésta procuró cuidarlo, pero la verdad es que no sabía qué hacer. Luego, al tercer día de haberse iniciado el dolor de cabeza, tuvo náuseas, se le declaró una intensa fiebre y se puso a vomitar. Los vómitos fueron copiosos al principio, pero luego fueron arcadas secas. Al mismo tiempo, se volvió extrañamente pasivo. El rostro perdió toda apariencia de vida y adoptó una inexpresividad total. Tenía los ojos saltones, la mirada fija y los párpados algo caídos, lo que le daba un aspecto extraño. Los globos oculares casi parecían estar congelados en las cuencas y se pusieron de color rojo intenso. La piel del rostro se le fue poniendo amarilla y comenzaron a salirle manchas rojas y brillantes. Comenzaba a tener aspecto de zombie. Eso asustó a la asistenta provisional. La mujer no comprendía la transformación de aquel hombre. Monet cambió de personalidad. Se volvió hosco, resentido, colérico, parecía haber perdido la memoria. No deliraba. Respondía a las preguntas, aunque no parecía saber dónde estaba exactamente. Se comportaba como si hubiera tenido un ataque de apoplejía benigno.

Como Monet no apareciese en el lugar de trabajo, los compañeros comenzaron a hacer preguntas y al final fueron a su cabaña a ver si estaba bien. El cuervo blanco y negro estaba posado en el tejado y los contempló mientras entraban. Cuando vieron a Monet, pensaron que necesitaba ir al hospital. Dado que no podía conducir, un compañero lo llevó al hospital privado de la ciudad de Kisumu, a orillas del lago Victoria. Los médicos del hospital examinaron a Monet sin encontrar ninguna explicación para lo que estaba ocurriéndole en los ojos, en el rostro y en la cabeza. Pensando que debía de tener alguna clase de infección bacteriana, le dieron unas inyecciones de antibióticos, pero los antibióticos no surtieron el menor efecto.

Los médicos aconsejaron trasladarle al hospital de Nairobi, que es el mejor hospital privado de África Oriental. El sistema telefónico apenas funcionaba y no parecía que mereciese la pena el esfuerzo de hablar con los médicos para avisar que lo enviaban. Monet todavía podía andar y parecía valerse para viajar solo. Tenía dinero; entendió que debía ir a Nairobi. Lo enviaron en taxi alaeropuerto y embarcó en un vuelo de Kenya Airways. Un virus caliente» procedente del bosque húmedo sobrevive a las veinticuatro horas de vuelo que tarda un avión en llegar a cualquier ciudad del planeta. Todas las ciudades de la Tierra están conectadas por una maraña de rutas aéreas. La maraña es una red articulada. Una vez que un virus entra en esta red, puede llegar a cualquier parte en un día: a París, a Tokio, a Nueva York, a Los Ángeles, adondequiera que vayan los aviones. Charles Monet y la forma de vida que llevaba en su interior había entrado en la red.

El avión era un Fokker Friendship con motores de hélice, un aparato para vuelos interiores con cabida para treinta y cinco pasajeros. Despego sobre el lago Victoria, azul y resplandeciente,punteado por las piraguas de los pescadores.

Los vuelos interiores que atraviesan África suelen ir atestados de viajeros y probablemente este vuelo iría lleno. El avión pasó por encima de las zonas de selva, de los agrupamientos de chozas circulares y de las aldeas de tejados de hojalata. De repente la tierra se hundió, se perdió en lechos rocosos y barrancos, pasando del color verde al pardo. El avión estaba atravesando la gran fosa del Rift-Valley. Los pasajeros contemplaban por las ventanillas el lugar donde había surgido la especie humana. Vieron chozas arracimadas dentro de círculos de maleza, con los senderos de ganado irradiando desde el centro. Los motores gemían, el Friendship atravesó un cúmulo de nubes, las algodonosas nubes del Rift, y comenzó a dar saltos y a balancearse. Monet sufrió un mareo.

Los asientos son estrechos y están apretados en estos aviones de vuelo interior, y uno se da cuenta de todo lo que ocurre alrededor. La cabina de los pasajeros es hermética y el aire circula por  un circuito cerrado. Si hay olores en el aire, uno los percibe. No se puede ignorar a la persona que se marea. Esta se encorva en la butaca. Algo malo le pasa, pero no sabe uno exactamente que le ocurre. Pega a la boca la bolsa para el vómito. Tose con una tos profunda y regurgita algo en la bolsa. La bolsa se hincha. Tal vez mire la persona mareada en derredor y entonces vemos que tiene los labios manchados de algo viscoso y rojo, con motas negras, como si estuviera masticando café molido. Tiene los ojos del color de los rubíes y el rostro es una inexpresiva masa de moraduras. Los puntos rojos, que se iniciaron hace varios días como manchas estrelladas, se han extendido y se unen formando grandes sombras de color morado: toda la cabeza se le está poniendo negra y azul. Los músculos de la cara se le han aflojado. El tejido del rostro se esta disolviendo y la cara parece colgar de los huesos que hay debajo, como si el rostro se estuviera separando de la calavera.

Abre la boca y el vomito prosigue interminablemente. No se detendrá, sino que seguirá echando liquido mucho después de habérsele vaciado el estomago. La bolsa para el mareo está llena hasta el borde de una sustancia llamada vomito negro. El vomito negro no es en realidad negro, sino un líquido de dos colores, negro y rojo, una mezcolanza de gránulos alquitranados y sangre arterial. Es una hemorragia y huele a matadero. El vomito negro esta cargado de virus. Es sumamente infeccioso, mortalmente caliente, un líquido que asustaría a un especialista en biopeligros militares. El olor del vómito invade la cabina de pasajeros. La bolsa para el mareo rebosa vómito negro, así que Monet la cierra y dobla el borde. La bolsa esta hinchada, amenaza con desbordarse y Monet la entrega a una azafata.

Cuando un virus caliente se multiplica dentro de un organismo anfitrión, puede saturar el cuerpo de virus, desde el cerebro hasta la piel. Entonces los especialistas militares dicen que el virus ha sufrido una “amplificación extrema”. Cuando toca techo la amplificación extrema, las gotas de sangre de la victima pueden contener millones de unidades víricas. Durante este proceso parte del cuerpo se transforma en unidades viricas. En otras palabras, el organismo anfitrión esta poseído por una forma de vida que trata de convertirlo en un doble de si misma. La transformación no se consuma del todo, sin embargo, y el resultado final es una gran cantidad de carne licuada mezclada con virus, una especie de accidente biológico. La amplificación extrema ha ocurrido en el caso de Monet y el síntoma es el vomito negro.

Monet esta rígido, como si cualquier movimiento fuese a romper algo en su interior. La sangre se le esta coagulando: la circulación sanguínea va arrastrando coágulos y los coágulos se van alojando en todas partes. El hígado, los riñones, los pulmones, las manos, los pies y la cabeza comienzan a saturarse de coágulos de sangre. De hecho, esta sufriendo una apoplejía múltiple. Los coágulos se acumulan en los músculos intestinales, cortando el abastecimiento de sangre a los intestinos. Los músculos intestinales se mueren, los intestinos se relajan y se sueltan. Monet no parece ya darse cuenta del dolor porque los coágulos alojados en el cerebro le bloquean la circulación, provocando pequeños ataques apopléjicos. Las lesiones cerebrales borran su personalidad. La viveza y los detalles de su carácter desaparecen y el individuo se convierte en un autómata. Pequeñas parcelas del cerebro se están disolviendo. Las funciones superiores de la conciencia son las primeras en sucumbir quedando vivas y en funcionamiento las partes mas profundas del cerebro, el primitivo cerebro de rata, el cerebro de reptil. Podría decirse que quien era Charles Monet ha muerto, mientras que lo que fue sigue vivo.

El ataque de vómitos parece haber roto algunos vasos sanguíneos de la nariz. La sangre le mana por las ventanas nasales, un líquido arterial, brillante y sin coágulos que le chorrea por los dientes y el mentón. La sangre no se coagula y sigue manando. Una azafata le entrega unos pañuelos de papel, que Monet utiliza para obstruirse la nariz, pero la sangre sigue sin coagularse y las toallitas se empapan.

Cuando nos da la impresión de que se esta muriendo una persona en el asiento contiguo de un avión, puede que nos dé apuro llamarle la atención sobre el problema. Nos hundimos en el asiento, el moribundo se hunde en el suyo el Friendship da bandazos y el codo del vecino se clava en el costado. Nos decimos que el hombre debe de estar perfectamente. Tal vez no se le dé bien viajar en avión. Esta mareado el pobre y la gente suele sangrar por la nariz en los aviones, dadas la sequedad y rarecimiento del aire. Y le preguntamos, en voz baja, si podemos ayudarle en algo. El otro no responde, o bien farfulla unas palabras que no alcanzamos a entender, de modo que procuramos no darnos por aludidos. El Friendship zumba entre las nubes, paralelo a la gran fosa del Rift-Valley, y Monet se hunde en el asiento y ahora parece estar dando una cabezadita. Santo Dios, ¿se habrá muerto? No, no se ha muerto. Se mueve. Tiene los ojos abiertos y los mueve poco.

Es la última hora de la tarde y el sol esta descendiendo entre las colinas que hay al oeste del Rift-Valley, lanzando cuchillos de luz en todas direcciones. El Friendship hace un viraje y atraviesa el acantilado oriental del Rift. Pocos minutos después, el avión pierde altura y toma tierra en el Aeropuerto Internacional Jomo Kanyatta. Monet se despierta solo. Puede andar todavía. Se pone de pie, empapado. Desciende tambaleándose por la pasarela hasta tocar la pista de aterrizaje. Su camisa es un guiñapo rojizo. No lleva equipaje. Su único equipaje es interior y va cargado de virus. Monet se ha transformado en una bomba vírica. Anda despacio hasta encontrar en la terminal del aeropuerto y prosigue, atravesando la salida de pasajeros y el edificio, hasta llegar a la curva de la carretera donde siempre hay taxis aparcados. Hospital… Nairobi…, murmura. El taxi sale a la autopista de Uhuru y enfila hacia Nairobi. Atraviesa tierras de pastos tachonados de acacias, pasa por delante de las fábricas, el taxi gira a la izquierda por Ngong Road, atraviesa un parque y entra en los jardines del hospital de Nairobi. Monet paga al taxista y se apea del taxi, abre la puerta de cristal, se dirige a la ventanilla de recepción y dice que se encuentra muy enfermo. Tiene dificultad para hablar.

El hombre esta sangrando y lo admiten al cabo de un momento. Debe esperar hasta que avisen al medico, pero este lo reconocerá en seguida, no se preocupe. Se sienta en la sala de espera. Es una habitación pequeña, rodeada de bancos acolchados. La luz antigua, límpida y fuerte de África entra por una fila de ventanas y cae sobre una mesa en la que se amontonan revistas desgastadas. La habitación huele ligeramente a humo de leña y a sudor, y esta atiborrada de gente de ojos hinchados, africanos y europeos, que se sientan codo con codo. La gente espera con paciencia, apretándose un trapo de polvo contra el hombro o un vendaje alrededor de un dedo en que se ve una mancha de sangre. Así que Charles Monet se sienta en un banco y no resulta muy distinto de los demás, salvo por el color violáceo del rostro sin expresión y los ojos enrojecidos.

Monet guarda silencio y espera a que se le llame. De pronto entra en la última fase. La bomba vírica explota. Los especialistas militares en biopeligros tienen fórmulas para describir este acontecimiento. Dicen que la víctima “revienta y se deshace en sangre”, o bien, más adecuadamente, dicen que la víctima “se desmorona”.

Monet se marea y se siente muy débil, la columna se le dobla y pierde por completo el sentido del equilibrio. La habitación le da vueltas y más vueltas. Está entrando en estado de shock. Está reventando. No puede impedirlo. Cae hacia delante, con la cabeza entre las rodillas, vomita una increíble cantidad de sangre y la desparrama por el suelo. El único ruido que se oye es el atasco de su garganta mientras sigue vomitando, ya inconsciente. Luego se oye un sonido como de una sábana que se rasgara, que es el que producen los intestinos al abrirse el esfínter y expulsar sangre por el ano. La sangre va mezclada con revestimiento intestinal. Se ha desprendido de las tripas. Monet ha reventado y se deshace en sangre.

Los demás pacientes de la sala se ponen en pie y se alejan del hombre tirado en el suelo. Los charcos de sangre se extienden alrededor de Monet. Una vez que ha destruido el organismo anfitrión, el agente sale por todos los orificios, en busca de otros organismos.


Fragmentos de Insomnio…El Libro de la Imaginación (Parte 2)


Para esas Noches en Vela, en donde la vigilia se resiste a dejar el espacio que ocupa en nuestra conciencia…
Insomnios, incluído en El Libro de la Imaginación, recopilación de retazos literarios por Edmundo Valadés en Biblioteca Negra: Imaginación: I-J-K

El Insomnio

El hombre se acuesta temprano. No puede conciliar el sueño. Da vueltas, como es lógico, en la cama. Se enreda entre las sábanas. Enciende un cigarro. Lee un poco. Vuelve a apagar la luz. Pero no puede dormirse. A las 3 de la madrugada se levanta. Despierta al amigo de al lado y le confía que no puede dormir. Le pide consejo. El amigo le aconseja que haga un pequeño paseo a fin de cansarse un poco. Que en seguida tome una taza de tilo y que apague la luz. Hace todo esto pero no logra dormir. Se vuelve a levantar. Esta vez acude al médico. Como siempre sucede, el médico habla mucho pero el hombre no se duerme. A las 6 de la mañana carga un revólver y se levanta la tapa de los sesos. El hombre está muerto pero no ha podido quedarse dormido. El insmonio es una cosa muy persistente.
Virgilio Piñera

Juego Infinito

Los que querían dormir, no por cansancio sino por nostalgia de los sueños, recurrieron a toda clase de métodos agotadores. Se reunían a conversar sin tregua, a repetirse durante horas y horas los mismos chistes, a complicar hasta los límites de la exasperación el cuento del gallo capón, que era un juego infinito en que el narrador preguntaba si querían que les contara el cuento del gallo capón, y cuando contestaban que sí, el narrador decía que no había pedido que dijeran que sí, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y cuando contestaban que no, el narrador les decía que no les había pedido que dijeran que no, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y cuando se quedaban callados el narrador decía que no les había pedido que se quedaran callados, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y nadie podía irse, porque el narrador les decía que no les había pedido que se fueran, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y así sucesivamente, en un círculo vicioso que se prolongaba por noches enteras.
Gabriel García Márquez. Cien Años de Soledad

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Recién Añadido a Biblioteca Negra: El Libro de la Imaginación + Fragmentos (1era Parte)


Cuento Corto: Conejos Blancos: Leonora Carrington


Incluído en la recopilación: Cuentos Inolvidables según Julio Cortazar
Consulta la Bibilioteca Negra Leta B-C> Cuentos Cortos para obtener la información completa de este libro: Link Directo:  B-C

Ha llegado el momento de contar los sucesos que comenzaron en el número 40 de Pest Street. Parecía como si las casas, de color negro rojizo, hubiesen surgido misteriosamente del incendio de Londres. El edificio que había frente a mi ventana, con unas cuantas volutas de enredadera, tenía el aspecto negro y vacío de una morada azotada por la peste y lamida por las llamas y el humo. No era así como yo me había imaginado Nueva York.
Hacía tanto calor que me dieron palpitaciones cuando me atreví a dar una vuelta por las calles; así que me estuve sentada contemplando la casa de enfrente, mojándome de cuando en cuando la cara empapada con sudor.
La luz nunca era muy fuerte en Pest Pret. Había siempre una reminiscencia de humo que volvía turbia y neblinosa la visibilidad; sin embargo, era posible examinar la casa de enfrente con detalle, incluso con precisión. Además, yo siempre he tenido una vista excelente.
Me pasé varios días intentando descubrir enfrente alguna clase de movimiento; pero no percibí ninguno, y finalmente adopté la costumbre de desvestirme con total despreocupación delante de mi ventana abierta y hacer optimistas ejercicios respiratorios en el aire denso de Pest Street. Esto debió de dejarme los pulmones tan negros como las casas.
Una tarde me lavé el pelo y me senté afuera, en el diminuto arco de piedra que hacía de balcón, para que se me secara. Apoyé la cabeza entre las rodillas, y me puse a observar una moscarda que chupaba el cadáver de una araña, a mis pies. Alcé los ojos, miré a través de mis cabellos largos, y vi algo negro en el cielo, inquietantemente silencioso para que fuera un aeroplano. Me separé el pelo a tiempo de ver bajar un gran cuervo al balcón de la casa de enfrente. Se posó en la balaustrada y miró por la ventana vacía. Luego metió la cabeza debajo de un ala, buscándose piojos al parecer. Unos minutos después, no me sorprendió demasiado ver abrirse las dobles puertas y asomarse al balcón una mujer. Llevaba un gran plato de huesos que vació en el suelo. Con un breve graznido de agradecimiento, el cuervo saltó abajo y se puso a hurgar en su comida repugnante.
La mujer, que tenía un pelo negro larguísimo, lo utilizó para limpiar el plato. Luego me miró directamente y sonrió de manera amistosa. Yo le sonreí a mi vez y agité una toalla. Esto la animó, porque echó la cabeza para atrás con coquetería y me dedicó un elegante saludo a la manera de una reina.
−¿Tiene un poco de carne pasada que no necesite? −me gritó.
−¿Un poco de qué? −grité yo, preguntándome si me habría engañado el oído.
−De carne en mal estado. Carne en descomposición.
−En este momento, no −contesté, preguntándome si no estaría bromeando.
−¿Y tendrá para el fin de semana? Si fuera así, le agradecería inmensamente que me la trajera.
A continuación volvió a meterse en el balcón vacío, y desapareció. El cuervo alzó el vuelo.
Mi curiosidad por la casa y su ocupante me impulsó a comprar un gran trozo de carne a la mañana siguiente. Lo puse en mi balcón sobre un periódico y esperé. En un tiempo relativamente corto, el olor se volvió tan fuerte que me vi obligada a realizar mis tareas diarias con una pinza fuertemente apretada en la punta de la nariz. De cuando en cuando bajaba a la calle a respirar.
Hacia la noche del jueves, noté que la carne estaba cambiando de color; así que, apartando una nube de rencorosas moscardas, la eché en mi bolsa de malla y me dirigí a la casa de enfrente.
Cuando bajaba la escalera, observé que la casera parecía evitarme.
Tardé un rato en encontrar el portal de la casa. Resultó que estaba oculto bajo una cascada de algo, y daba la impresión de que nadie había salido ni entrado por él desde hacía años. La campanilla era de ésas antiguas de las que hay que tirar; y al hacerlo, algo más fuerte de lo que era mi intención, me quedé con el tirador en la mano. Di unos golpes irritados en la puerta y se hundió, dejando salir un olor espantoso a carne podrida. El recibimiento, que estaba casi a oscuras, parecía de madera tallada.
La mujer misma bajó, susurrante, con una antorcha en la mano.
−¿Cómo está usted? ¿Cómo está usted? −murmuró ceremoniosamente; y me sorprendió observar que llevaba un precioso y antiguo vestido de seda verde. Pero al acercarse, vi que tenía la tez completamente blanca y que brillaba como si la tuviese salpicada de mil estrellitas diminutas.
−Es usted muy amable −prosiguió, tomándome del brazo con su mano reluciente−. No sabe lo que se van a alegrar mis pobres conejitos.
Subimos; mi compañera andaba con gran cuidado, como si tuviese miedo.
El último tramo de escalones daba a un “boudoir” decorado con oscuros muebles barrocos tapizados de rojo. El suelo estaba sembrado de huesos roídos y cráneos de animales.
−Tenemos visita muy pocas veces −sonrió la mujer−. Así que han corrido todos a esconderse en sus pequeños rincones.
Dio un silbido bajo, suave y, paralizada, vi salir cautelosamente un centenar de conejos blancos de todos los agujeros, con sus grandes ojos rosas fijamente clavados en ella.
−¡Vengan, bonitos! ¡Vengan, bonitos! −canturreó, metiendo la mano en mi bolsa de malla y sacando un trozo de carne podrida.
Con profunda repugnancia, me aparté a un rincón; y la vi arrojar la carroña a los conejos, que se pelearon como lobos por la carne.
−Una acaba encariñándose con ellos −prosiguió la mujer−. ¡Cada uno tiene sus pequeñas costumbres! Le sorprendería lo individualistas que son los conejos.
Los susodichos conejos despedazaban la carne con sus afilados dientes de macho cabrío.
−Por supuesto, nosotros nos comemos alguno de cuando en cuando. Mi marido hace con ellos un estofado sabrosísimo, los sábados por la noche.
Seguidamente, un movimiento en uno de los rincones atrajo mi atención; entonces me di cuenta de que había una tercera persona en la habitación. Al llegarle a la cara la luz de la antorcha, vi que tenía la tez igual de brillante que ella; como oropel en un árbol de Navidad. Era un hombre y estaba vestido con una bata roja, sentado muy tieso, y de perfil a nosotros. No parecía haberse enterado de nuestra presencia, ni del gran conejo macho cabrío que tenía sentado sobre su rodilla, donde masticaba un trozo de carne.
La mujer siguió mi mirada y rió entre dientes.
−Ése es mi marido. Los chicos solían llamarlo Lázaro…
Al sonido de este nombre, familiar, el hombre volvió la cara hacia nosotras; y vi que tenía una venda en los ojos.
−¿Ethel? −preguntó con voz bastante débil−. No quiero que entren visitas aquí. Sabes de sobra que lo tengo rigurosamente prohibido.
−Vamos, Laz; no empecemos −su voz era quejumbrosa−. No me puedes escatimar un poquitín de compañía. Hace veinte años y pico que no veía una cara nueva. Además ha traído carne para los conejos.
La mujer se volvió y me hizo seña de que fuera a su lado.
−Quiere quedarse entre nosotros; ¿a que sí? −de repente me entró miedo y sentí ganas de salir, de huir de estas personas terribles y plateadas y de sus conejos blancos carnívoros.
−Creo que me voy a marchar; es hora de cenar.
El hombre de la silla profirió una carcajada estridente, aterrando al conejo que tenía sobre la rodilla, el cual saltó al suelo y desapareció.
La mujer acercó tanto su cara a la mía que creí que su aliento nauseabundo iba a anestesiarme.
−¿No quiere quedarse, y ser como nosotros? En siete años su piel se volverá como las estrellas; siete años tan sólo, y tendrá la enfermedad sagrada de la Biblia: ¡la lepra!
Eché a correr a trompicones, ahogada de horror; una curiosidad malsana me hizo mirar por encima del hombro al llegar a la puerta de la casa, y vi que la mujer, en la balaustrada, alzaba una mano a modo de saludo. Y al agitarla, se le desprendieron los dedos y cayeron al suelo como estrellas fugaces.

Otras notas relacionadas en este site:
El Conejo Blanco ha regresado a la Luna: Muere Leonora Carrington (1917-2011)


Recién Añadido a Biblioteca Negra: El Libro de la Imaginación + Fragmentos (1era Parte)

Un libro, acompañante en sin número de ocasiones de Hexen, y desde su antepasado Gaveta 12.
El motor del ensueño que inflama a través de palabras de diversos escritores la imaginación, sea en el mundo de la vigilia o al transitar por mundos de pesadillas. Inspiración evidente para “El Diario de las Dimensiones que sólo en la Noche Existen”

Un selección de Edmundo Valadés, agregado en la Biblioteca Negra> Letra L:http://wp.me/P1hMom-2v

Advertencia:
“Esta antología propone al lector un viaje a portentos y prodigios imaginativos. Se han espigado más de cuatrocientos textos breves, en lo que sus autores, de todos los tiempos, concretaron, con precisión y brevedad admirables, agudezas, ficciones, epigramas, que hacen un todo fascinante y en los que se derrama,pródigamente, un arte conciso y extraordinario, se redondean gracias, se levantan inverosimilitudes formidables, se animan colisiones entre realidad y fantasía, y por los cuales transcurren mujeres, amor, enigmas,sueños, espejos, milagros, fantasmas, utopÌas, magias, el cielo, el infierno y lo que el ingenio de quienes los escribieron trata de explicar o fundar sobre lo que est· m·s all· de lo visible o comprobable. Es, al fin,un libro que se explica por sí mismo. No necesita más advertencias o informaciones”

INSOLITA

De Suicidios…“Las más grandes y populosas urbes del mundo se hallan, al fin, sumidas en un silencio profundísimo; inusitado: Ni ruido de herramientas en sus casas, ni sonidos de pasos o de máquinas en sus calles. Como si sus paredes y muros, esquinas y jardines se hallaran a prueba de ruidos. Como si algo, algún aparato potentísimo, desde cierto lugar, absorbiera todo lo que perturbara el profundo y hondo silencio de sus edificios y arterias…Según estadísticas, el porcentaje más alto de suicidios es causado por el profundo silencio circundante”
Florentino Chavez

Señales…“Desde la infancia apenas se me cae algo al suelo tengo que levantarlo, sea lo que sea, porque si no lo hago va a ocurrir una desgracia, no a mi sino a alguien a quien amo y cuyo nombre empieza con la incial del objeto caído”
Julio Cortázar: Historias de cronopios y de famas

La Estatua..Cada día deja la base en que está y por estos corredores y galerías se pasea airosamente. Salen a verla y oirla todos los de la casa, que también canta dulcemente muchas veces, y no hace daño a persona alguna; sólo es necesario desviarse, porque se enfada si la tocan y con eso pasa sin ofender a los que la miran. Se vuelve a su sitio y cuando todos se han ido, lava, juega, canta y ríe, ocupando en semejantes cosas lo que dura la noche, deduciendo todos por el ruido que hace el ejercicio que tiene”
Luciano de Samosata 

El Rayo...Hay pueblos en que ,cuando truena, se juntan en el patio de la iglesia para gritar y llaman al mayor para que lleve las llaves y encierre al rayo en la cárcel, estando otros prevenidos con machetes para pegarle  a dicho rayo, que es el contrario, según dicen, por si acaso quisiese caer sobre ellos”
Eulalio Guillow 


Una Noche de Verano. Ambrose Bierce.

9vena Lectura Programa Temático: Cuentos Cortos
Guía: http://wp.me/P1hMom-5b

Ambrose Gwinnett Bierce (1842 – 1913) escritor, editor, periodista americano de agudo sentido satírico

El hecho de que Henry Armstrong estuviera enterrado no era motivo suficientemente convincente como para demostrarle que estaba muerto: siempre había sido un hombre difícil de persuadir. El testimonio de sus sentidos le obligaba a admitir que estaba realmente enterrado. Su posición -tendido boca arriba con las manos cruzadas sobre su estómago y atadas, que rompió fácilmente sin que se alterase la situación-, el estricto confinamiento de toda su persona, la negra oscuridad y el profundo silencio, constituían una evidencia imposible de contradecir y Armstrong lo aceptó sin perderse en cavilaciones.
Pero, muerto… no. Sólo estaba enfermo, muy enfermo, aunque, con la apatía del inválido, no se preocupó demasiado por la extraña suerte que le había correspondido. No era un filósofo, sino simplemente una persona vulgar, dotada en aquel momento de una patológica indiferencia; el órgano que le había dado ocasión de inquietarse estaba ahora aletargado. De modo que sin ninguna aprensión por lo que se refiriera a su futuro inmediato, se quedó dormido y todo fue paz para Henry Armstrong.
Pero algo todavía se movía en la superficie. Era aquella una oscura noche de verano, rasgada por frecuentes relámpagos que iluminaban unas nubes, las cuales avanzaban por el este preñadas de tormenta. Aquellos breves y relampagueantes fulgores proyectaban una fantasmal claridad sobre los monumentos y lápidas del camposanto. No era una noche propicia para que una persona normal anduviera vagabundeando alrededor de un cementerio, de modo que los tres hombres que estaban allí, cavando en la tumba de Henry Armstrong, se sentían razonablemente seguros.
Dos de ellos eran jóvenes estudiantes de una Facultad de Medicina que se hallaba a unas millas de distancia; el tercero era un gigantesco negro llamado Jess. Desde hacía muchos años Jess estaba empleado en el cementerio en calidad de sepulturero, y su chanza favorita era la de que “conocía todas las ánimas del lugar”. Por la naturaleza de lo que ahora estaba haciendo, podía inferirse que el lugar no estaba tan poblado como su libro de registro podía hacer suponer.
Al otro lado del muro, apartados de la carretera, podían verse un caballo y un carruaje ligero, esperando.
El trabajo de excavación no resultaba difícil; la tierra con la cual había sido rellenada la tumba unas horas antes ofrecía poca resistencia, y no tardó en quedarse amontonada a uno de los lados de la fosa. El levantar la tapadera del ataúd requirió más esfuerzo, pero Jess era práctico en la tarea y terminó por colocar cuidadosamente la tapadera sobre el montón de tierra, dejando al descubierto el cadáver, ataviado con pantalones negros y camisa blanca.
En aquel preciso instante, un relámpago zigzagueó en el aire, desgarrando la oscuridad, y casi inmediatamente estalló un fragoroso trueno. Arrancado de su sueño, Henry Armstrong incorporó tranquilamente la mitad superior de su cuerpo hasta quedar sentado.
Profiriendo gritos inarticulados, los hombres huyeron, poseídos por el terror, cada uno de ellos en una dirección distinta. Dos de los fugitivos no hubieran regresado por nada del mundo. Pero Jess estaba hecho de otra pasta.
Con las primeras luces del amanecer, los dos estudiantes, pálidos de ansiedad y con el terror de su aventura latiendo aún tumultuosamente en su sangre, llegaron a la Facultad.
-¿Lo has visto? -exclamó uno de ellos.
-¡Dios! Sí… ¿Qué vamos a hacer?
Se encaminaron a la parte de atrás del edificio, donde vieron un carruaje ligero con un caballo uncido y atado por el ronzar a una verja, cerca de la sala de disección. Maquinalmente, los dos jóvenes entraron en la sala. Sentado en un banco, a oscuras, vieron al negro Jess. El negro se puso de pie, sonriendo, todo ojos y dientes.
-Estoy esperando mi paga -dijo.
Desnudo sobre una larga mesa, yacía el cadáver de Henry Armstrong. Tenía la cabeza manchada de sangre y arcilla por haber recibido un golpe de azada. 

Cuento incluído en el compilado de cuentos de Bierce Pueden suceder tales Cosas? Cuentos Fantásticos. Editorial Valdemar Gótica.


La Bruja sale de Fiesta. Gabriela Fonseca

8ava Lectura Lectura Programa Temático: Cuentos Cortos
Guía: http://wp.me/P1hMom-5b

Gabriela Fonseca. Escritora y Periodista de la Jornada

Adela escuchó tañer la campana de la iglesia doce veces y dio vuelta a un reloj de arena que volvió a colocar sobre el único espacio de su escritorio que no estaba cubierto por papeles amarillentos y rizados, fotografías borrosas y polvo, muchísimo polvo que no la avergonzaba en lo más mínimo. El mundo está lleno de suciedad y nada se gana con limpiarla.
De un cajón del mueble sacó un globo de vidrio del tamaño de una toronja, en cuyo interior había una pequeña catedral dorada sumergida en líquido puro. En su fachada había un reloj que también marcaba la medianoche. Adela usó la manga raída de su vestido para pulir la cúpula de cristal y, con delicadeza, desatornilló un pequeño tapón de metal que sellaba un orificio en la cima del globo.
Le costó trabajo hallar el gran seguro que guardaba en el dobladillo gastado y mugriento de su vestido largo. Sentada ante su escritorio, apoyando con dificultad los codos en su superficie, se pinchó el índice derecho y lo exprimió para que creciera la gota de sangre que se formaba sobre la yema marchita de su dedo. Cuando esta gota se volvió tan grande como una perla, la vertió por el orificio del globo de cristal. Una nube roja se fue extendiendo como humo por el líquido y envolvió la diminuta catedral. Adela dejó el globo de cristal reposando sobre el escritorio.
Luego, abrió otro de los cajones y de él sacó una dentadura postiza completa que se colocó embonando cada parte en sus mandíbulas superior e inferior, y abrió la ventana, enmarcada en herrería negra y vetusta, de par en par. Ya nadie construía como antes.
Una ráfaga de aire frío entró a la habitación. Levantó trozos de periódico viejo que había en el piso, removió el polvo que lo cubría todo y jugueteó con las sábanas de la vieja cama de latón. Adela se reclinó en la silla del escritorio con las manos sobre el regazo y esperó.
Le dolían las piernas, le dolía el índice ensangrentado pero, sobre todo, le ardían las encías apretadas en la pasta rasposa de la dentadura postiza. Dentro del globo de cristal, la gota de sangre se había diluido casi por completo. Ya no podía tardar mucho.
El viento entró rugiendo por la ventana y posó, en el centro de la habitación de Adela, a un hombre que había arrastrado consigo. Estaba pálido, arrojaba espumarajos hambrientos y mostraba unos colmillos crecidos y llenos de sed. Iba vestido de policía y no entendía por qué el viento lo había llevado de pronto a ese lugar y lo hizo volar, con todo y su disfraz, sin que él lo hubiera querido.
Adela se apresuró a agarrar su esfera de cristal y la arrojó contra el policía. El globo reventó en su pecho de barril. El hombre, que nunca pudo salir de la confusión, aulló y se retorció mientras el líquido, como un ácido, le devoraba la carne, el músculo y el hueso, dejándole el pecho convertido en una cavidad profunda y negra. La vieja dio un salto y metió las manos en ese hueco para arrancar el corazón del vampiro, que aún pendía de algunas venas azulosas. El hombre dejó de aullar y de moverse porque de pronto quedó petrificado, para después desmoronarse convertido en ceniza.
Sin perder el tiempo que tenía en sus manos, al igual que ese trozo de carne oscura y caliente, Adela empezó a devorar el corazón a mordiscos apresurados, como quien se atraganta con una fruta jugosa. Al terminar, se chupó de los dedos la sangre que aún le quedaba; después se acercó al montón de ceniza y empezó a escarbar en él para recuperar su pequeña catedral de oro labrado, que guardó en el escritorio con llave.
Adela sacó un espejo de mano de otro cajón porque le fascinaba ver cómo la cabellera blanca y rala se volvía negra y lustrosa. La carne le hormigueaba al encogerse para volverse lozana. Se arrancó de la boca esa maldita dentadura postiza y vio como unos dientes saludables le brotaban de las encías jóvenes y sonrosadas.
Antes de que terminara el proceso, cuando aún podían verse unas cuantas canas en su mata de cabello ensortijado, empezó a armarse un peinado informal, levantando la cabellera con una peineta de carey y dejando caer mechones descuidados sobre su cuello y su frente. De un viejo ropero sacó botas de tacón alto, pantalones de mezclilla negra y una camiseta ombliguera que había comprado unos días antes. A las dependientas de la tienda en donde la adquirió les dijo que era un regalo “para su nieta”.
La fiesta ya había empezado y, seguramente, el muchacho que había visto jugando basquetbol en el patio de la preparatoria ya habría sacado a bailar a varias chicas.

Cuento incluído en el libro Los diablos de Teresa y otros relatos. Editorial Jus:


Fragmento-Ensayo: Doppelgänger Juan Antonio Molina Foix

7a Lectura Programa Temático: Cuentos Cortos
Guía: http://wp.me/P1hMom-5b

¿Qué tienen en común Borges, Hoffmann, Nabokov, Stevenson, Henry James, Poe, Oscar Wilde, Hans Christian Andersen, Chamisso y otros tantos escritores cuya mención no cabe en una pregunta de dimensiones decentes? Que todos ellos trataron el tema del doble en sus escritos.
Pocos conceptos han obsesionado la imaginación humana tan perdurablemente y con tanta obstinación como el del doble. Las numerosas denominaciones intercambiables con las que se les conoce (sombra, reflejo, sosia, otro yo, imagen especular, anverso, espíritu protector, yo secreto, desdoblamiento de personalidad…) dan fe de su vasta popularidad y de su abundante repercusión literaria. Los griegos lo llamaban sosia o menecmo, en referencia a personajes de sendas comedias de Plauto inspiradas en Menandro, los romanos alter ego o genius (espíritu tutelar que protege a una persona o lugar), en la mitología escandinava se menciona el vardögr o vardager de Noruega o la fylgja de Islandia, en el viejo folklore escocés se le conocía como coimimeadh (el que camina con uno), mientras que en Inglaterra le llaman fetch o wraith (palabra de origen escocés, posiblemente derivada de la susodicha vardögr), con el significado en ambos casos de aparición o espectro, los románticos alemanes acuñaron el término doppelgänger (originalmente era doppeltgänger, literalmente <<el que camina al lado>> o <<el compañero de ruta>>), aunque las antiguas leyendas germánicas también lo denominan schutzgeist (espíritu protector).
Todos esos vocablos sugieren en esencia una concepción dualista de la naturaleza humana, ya evidente en las primitivas creencias animistas, en las que la sombra aparece como una de las representaciones más antiguas del alma, el medio mediante el cual el ser humano vio por primera vez su cuerpo, del que aquella representa una imagen fiel, aunque de sustancia más ligera.
[…]
Las antiguas leyendas nórdicas y germánicas narran el encuentro con el doble: la liberación del doble solía ser un acontecimiento nefasto que a menudo presagiaba la muerte. […]El primer doble literario de que se tiene noticia aparece en La epopeya de Gilgamesh. […] En respuesta a los ruegos de Gilgamesh, mítico rey de Uruk, la diosa Aruru, esposa del dios fecundador Marduk, crea del barro (lo mismo que el Adán bíblico) a su réplica Enkudu, amigo y colaborador, que morirá en sus brazos. La confrontación con el doble mortal le pondrá al corriente del destino del hombre y de su dimensión metafísica.
[…]
Sin embargo, tanto la intervención del término <<doble>> como la creación de una tipología adecuada que lo convirtió en motivo literario y en uno de sus temas poéticos favoritos, hay que atribuirlas al romanticismo alemán, concretamente a Jean Paul que lo adornó con elementos de la filosofía de Fichte. En su novela Siebenkäs aparece el vocablo por vez primera: “Se llaman dobles a aquellos que se ven a sí mismos”. En otra de sus novelas, hace uso de su personaje, obsesionado por el enigma de la identidad y el terror a los espejos, para ilustrar el fundamento filosófico de su angustia, llegando a bordear en la esquizofrenia.

Fragmento tipo ensayo, tomado del prólogo de Juan Antonio Molina Foix, para el libro Ater-Ego-Cuentos de Dobles. Editorial Siruela


Fragmento: Donde Mauricio encuentra a su ángel. Anatole France

5a Lectura Programa Temático: Cuentos Cortos
Guía: http://wp.me/P1hMom-5b

Anatole France (1844 – 1924). Poeta, periodista y novelista francés. Premio Novel de Literatura.

Cuando Mauricio volvió a encontrar a su ángel de la guarda después que este último había renunciado a serlo para encabezar la segunda rebelión angelical, cayó a sus pies y ebrio de alegría le pidió que volviera a ser su ángel guardián.
 
Abdiel expuso que ya no podía ser el ángel tutelar de un cristiano por haberse arrojado a sí mismo al abismo. Se describió como alguien horrible que respira el odio y la furia; como un ser infernal, en resumen.
 
-Abdiel, ¿qué piensas hacer?
 
-¿No te lo he dicho ya? Luchar contra Aquel que reina en los cielos, destronarle, y poner a Satanás en su lugar.
 
-No harás eso. En primer lugar, no es el momento adecuado. La opinión pública no es favorable. No estarías en la onda, como dice papá. Lo que se lleva ahora es ser conservador y autoritario. La gente desea ser gobernada, y el presidente de la República va a hablar con el Papa. No seas terco, Abdiel, no eres tan malo como dices. En el fondo eres como todo el mundo: adoras al buen Dios.
 
-Creo haberte explicado ya, mi querido Mauricio, que Aquel a quien tomas por Dios, es tan solo un Demiurgo. Ignora por completo el mundo divino superior a él y se cree, de buena fe, el único y verdadero Dios. Encontrarás en la Historia de la Iglesia de monseñor Duchesne, tomo I, página 162, que este demiurgo orgulloso y limitado se llama Ialdabaoth. Y quizá concedas más crédito a este historiador eclesiástico que a tu propio ángel. Te tengo que dejar. Adiós.
 
-Quédate.
 
-No puedo.
 
-No permitiré que te vayas así. Me has privado de mi ángel de la guarda. Tú eres el que tiene que reparar el daño que me has causado. Dame otro ángel.
 
Abdiel objetó que le era imposible satisfacer semejante exigencia, pues se había enfadado con el soberano dispensador de espíritus tutelares y no podía obtener nada por ese lado.
 
-Tú me has cogido mi ángel de la guarda, así que devuélvemelo. -Exclamó Mauricio.
 
-¡No puedo!
 
-¿No puedes, Abdiel, porque eres un rebelde?
 
-Sí.
 
-¿Un enemigo de Dios?
 
-Sí.
 
-Un espíritu satánico?
 
-Sí.
 
-¡Muy bien! –exclamó el joven Mauricio-. Yo seré tu ángel de la guarda entonces. No te dejaré.
 
Y Mauricio llevó a Abdiel a comer ostras…

Fragmento de La Rebelión de los Angeles. Anatole France


Fragmento La Rebelión de los Angeles. Anatole France

4a Lectura Programa Temático: Cuentos Cortos
Guía: http://wp.me/P1hMom-5b

Anatole France (1844 – 1924). Poeta, periodista y novelista francés. Premio Novel de Literatura.


 
El ángel emprendió su camino por las calles invadidas de una bruma rojiza, salpicada de luces amarillas y blancas, y en las que los caballos resoplaban su aliento humeante y los faros de los autos pasaban a gran velocidad.
[…] Buscó en un pequeño restaurante pero como no encontraba el rostro que andaba buscando, pues en la sala no había ningún ángel, tomó asiento en un pequeño velador de mármol que quedaba libre.
Cuando les aguijonea el hambre, los ángeles necesitan comer igual que los animales terrestres, y los alimentos que ingieren, transformados por el calor digestivo, se asimilan a su sustancia celestial. […]
Cuando estaba terminando su frugal cena, un joven con aspecto de pordiosero y ropas raídas entró en el restaurante y, tras buscar con la mirada entre las mesas, se aproximó al ángel y le saludó llamándolo Abdiel, pues él también era un espíritu celeste.
[…]
Su caída, producida hacía dos años, había sido repentina. Pertenecía al octavo coro de la tercera jerarquía, y tenía como misión transmitir la gracia a los fieles, que todavía perduran en buen número en Francia, especialmente entre los oficiales superiores del ejército de tierra y de la armada.
-Una noche de verano –contó-, cuando descendía del cielo para repartir consuelos, perseverancias e indulgencias  a varias personas piadosas del barrio de l’Etoile, mis ojos, aunque estaban acostumbrados a los resplandores inmortales, se deslumbraron ante las flores de fuego que sembraban los Campos Elíseos. Grandes candelabros que señalaban bajo los árboles la entrada a los cafés y restaurantes, conferían a las hojas los preciosos destellos de las esmeraldas. Largas guirnaldas de perlas luminosas delimitaban los recintos a cielo abierto, en los que se apretaba una multitud de hombres y mujeres ante una orquesta festiva y cuyas canciones llegaban confusamente a mis oídos. La noche era calurosa; mis alas empezaban a acusar descanso. Descendí hasta uno de esos conciertos y me mezclé, invisible, entre el auditorio. En ese momento apareció una mujer en el escenario, vestida con un traje corto de lentejuelas. Los reflejos de las candilejas y la pintura de su rostro impedían ver de ella otra cosa que su mirada y su sonrisa. Su cuerpo era flexible y voluptuoso. Cantó y bailó… Arcadio, siempre disfruté con la música y la danza; pero la voz corrosiva y los movimientos insinuantes de aquella criatura me provocaron una turbación desconocida. Palidecí, enrojecí, mis ojos se nublaron, la lengua se me secó en la boca; me quedé paralizado.
Y Teófilo le contó entre lamentos que había caído poseído por el deseo de aquella mujer y que no había regresado al cielo; pero, como había adoptado la forma humana se adaptó a la vida terrestre, pues está escrito: «En aquel tiempo, los hijos de Dios vieron que las hijas de los hombres eran hermosas».
Era un ángel caído, y a pesar de haber perdido su inocencia al tiempo que la contemplación de Dios, conservaba al menos el candor espiritual. Se vistió con unos harapos que sustrajo del escaparate de un revendedor israelí y fue al encuentro de aquella a quien amaba. Se llamaba Bouchotte y vivía en un pisito, en Montmartre. Se arrojó a sus pies y le dijo que era adorable, que cantaba de forma deliciosa, que la amaba con locura, que por ella renunciaba a su familia y a su patria, que era músico y no carecía de medios de subsistencia. Conmovida por tanta pasión y candor, por tanta miseria y amor, Bouchotte le dio de comer, le vistió y le amó.

Fragmento de La Rebelión de los Angeles. Anatole France


Cuento Corto: El Amigo del Agua. Bioy Casares.

3era Lectura Programa Temático: Cuentos Cortos
Guía: http://wp.me/P1hMom-5b

Adolfo Bioy Casares (1914 – 1999). Escritor, periodista, traductor argentino. Amigo y  co-escritor de varios trabajos con Jorge Luis Borges


El señor Algaroti vivía solo. Pasaba sus días entre pianos en venta, que por lo visto nadie compraba, en un local de la calle Bartolomé Mitre. A la una de la tarde y a las nueve de la noche, en una cocinita empotrada en la pared, preparaba el almuerzo y la cena que a su debido tiempo comía con desgano. A las once de la noche, en un cuarto sin ventanas, en el fondo del local, se acostaba en un catre en el que dormía, o no, hasta las siete. A esa hora desayunaba con mate amargo y poco después limpiaba el local, se bañaba, se rasuraba, levantaba la cortina metálica de la vidriera y sentado en un sillón, cuyo filoso respaldo dolorosamente se hendía en su columna vertebral, pasaba otro día a la espera de improbables clientes.

Acaso hubiera una ventaja en esa vida desocupada; acaso le diera tiempo al señor Algaroti para fijar la atención en cosas que para otros pasan inadvertidas. Por ejemplo, en los murmullos del agua que cae de la canilla al lavatorio. La idea de que el agua estuviera formulando palabras le parecía, desde luego, absurda. No por ello dejó de prestar atención y descubrió entonces que el agua le decía: “Gracias por escucharme”. Sin poder creer lo que estaba oyendo, aún oyó estas palabras: “Quiero decirle algo que le será útil”. A cada rato, apoyado en el lavatorio, abría la canilla. Aconsejado por el agua llevó, como por un sueño, una vida triunfal. Se cumplían sus deseos más descabellados, ganó dinero en cantidades enormes, fue un hombre mimado por la suerte. Una noche, en una fiesta, una muchacha locamente enamorada lo abrazó y cubrió de besos. El agua le previno: “Soy celosa. Tendrás que elegir entre esa mujer y yo”. Se casó con la muchacha. El agua no volvió a hablarle.

Por una serie de equivocadas decisiones, perdió todo lo que había ganado, se hundió en la miseria, la mujer lo abandonó. Aunque por aquel tiempo ya se había cansado de ella, el señor Algaroti estuvo muy abatido. Se acordó entonces de su amiga y protectora, el agua, y repetidas veces la escuchó en vano mientras caía de la canilla al lavatorio. Por fin llegó un día en que, esperanzado, creyó que el agua le hablaba. No se equivocó. Pudo oír que el agua le decía: “No te perdono lo que pasó con aquella mujer. Yo te previne que soy celosa. Esta es la última vez que te hablo”.

Como estaba arruinado, quiso vender el local de la calle Bartolomé Mitre. No lo consiguió. Retomó, pues, la vida de antes. Pasó los días esperando clientes que no llegaban, sentado entre pianos, en el sillón cuyo filoso respaldo se hendía en su columna vertebral. No niego que de vez en cuando se levantara para ir hasta el lavatorio y escuchar, inútilmente, el agua que soltaba la canilla abierta.

Fuente: Palabra de Adolfo Bioy Casares. Conversaciones
con Sergio López, Emecé, Buenos Aires, 2000 e incluído en Una Magia Modesta (2ndo Libro)

 


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