Ilustraciones Surrealistas de la Subcultura Obscura/ Dark Culture

Cuento Corto

H.P. Lovecraft: El Ser bajo la Luz de la Luna (Cuento Corto. 1 de 4 Fragmentos)

H.P.L

 

Hada Boton1 de 4 Fragmentos o Cuentos Cortos sin terminar leído en algún momento como Introducción de Hexen
Encontrados entre los papeles de Lovecraft fueron intentos de plasmar de forma rudimentaria y preparación para su ampliación en relatos más amplios.

Hada BotonNinguno de ellos llegó a ser desarrollado: Azathoth / El Descendiente / El Libro / El Ser bajo la Luna)

 

Hada Boton

El Ser bajo la Luz de la Luna (1934)
Título Original: The Thing in the Moonlight
Incluído en El Clérigo Malvado y Otros Relatos: Alianza Editorial

 

Morgan no es hombre de letras; de hecho, su inglés carece del más mínimo grado de coherencia. Por eso me tienen maravillado las palabras que escribió, aunque otros se han reído.

Estaba sólo la noche en que ocurrió. De repente lo acometieron unos deseos incontenibles de escribir, y tomando la pluma redactó lo siguiente:

«Me llamo Howard Phillips. Vivo en la Calle College, 66, Providence, Rhode Island. El 24 de noviembre de 1927 -no sé siquiera en qué año estamos- me quedé dormido y tuve un sueño; y desde entonces me ha sido imposible despertar.

»Mi sueño empezó en un paraje húmedo, pantanoso y cubierto de cañas, bajo un cielo gris y otoñal, con un abrupto acantilado de roca cubierta de líquenes, al norte. Impulsado por una vaga curiosidad, subí por una grieta o hendidura de dicho precipicio, observando entonces que a uno y otro lado de las paredes se abrían las negras bocas de numerosas madrigueras que se adentraban en las profundidades de la meseta rocosa.

»En varios lugares, el paso estaba techado por el estrechamiento de la parte superior de la angosta fisura; en dichos lugares, la oscuridad era extraordinaria, y no se distinguían las madrigueras que pudiese haber allí. En uno de esos tramos oscuros me asaltó un miedo tremendo, como si una emanación incorpórea y sutil de los abismos tomara posesión de mi espíritu; pero la negrura era demasiado densa para descubrir la fuente de mi alarma.

»Por último, salí a una meseta cubierta de roca musgosa y escasa tierra, iluminada por una débil luna que había reemplazado al agonizante orbe del día. Miré a mi alrededor y no vi a ningún ser viviente; sin embargo, percibí una agitación extraña muy por debajo de mí, entre los juncos susurrantes de la ciénaga pestilente que hacía poco había abandonado.

»Después de caminar un trecho, me topé con unas vías herrumbrosas de tranvía, y con postes carcomidos que aún sostenían el cable fláccido y combado del trole. Siguiendo por estas vías, llegué en seguida a un coche amarillo que ostentaba el número 1852, con fuelle de acoplamiento, del tipo de doble vagón, en boga entre 1900 y 1910. Estaba vacío, aunque evidentemente a punto de arrancar; tenía el trole pegado al cable y el freno de aire resoplaba de cuando en cuando bajo el piso del vagón. Me subí a él, y miré en vano a mi alrededor tratando de descubrir un interruptor de la luz…, entonces noté la ausencia de la palanca de mando, lo que indicaba que no estaba el conductor. Me senté en uno de los asientos transversales. A continuación oí crujir la yerba escasa por el lado de la izquierda, y vi las siluetas oscuras de dos hombres que se recortaban a la luz de la luna. Llevaban las gorras reglamentarias de la compañía, y comprendí que eran el cobrador y el conductor. Entonces, uno de ellos olfateó el aire aspirando con fuerza, y levantó el rostro para aullar a la luna. El otro se echó a cuatro patas dispuesto a correr hacia el coche.

»Me levanté de un salto, salí frenéticamente del coche y corrí leguas y leguas por la meseta, hasta que el cansancio me obligó a detenerme… Huí, no porque el cobrador se echara a cuatro patas, sino porque el rostro del conductor era un mero cono blanco que se estrechaba formando un tentáculo rojo como la sangre.

………………………………………………..

»Me di cuenta de que había sido sólo un sueño; sin embargo, no por ello me resultó agradable.

»Desde esa noche espantosa lo único que pido es despertar…, ¡pero aún no ha podido ser!

»¡Al contrario, he descubierto que soy un habitante de este terrible mundo onírico! Aquella primera noche dejó paso al amanecer, y vagué sin rumbo por las solitarias tierras pantanosas. Cuando llegó la noche aún seguía vagando, esperando despertar. Pero de repente aparté la maleza y vi ante mí el viejo tranvía… ¡A su lado había un ser de rostro cónico que alzaba la cabeza y aullaba extrañamente a la luz de la luna!

»Todos los días sucede lo mismo. La noche me coge como siempre en ese lugar de horror. He intentado no moverme cuando sale la luna, pero debo caminar en mis sueños, porque despierto con el ser aterrador aullando ante mí a la pálida luna; entonces doy media vuelta, y echo a correr desenfrenadamente.

»¡Dios mío! ¿Cuándo despertaré?»

Eso es lo que Morgan escribió. Quisiera ir al 66 de la Calle College de Providence; pero tengo miedo de lo que pueda encontrar allí.

 


Varney El Vampiro: El Visitante de la tormenta (Cuento Corto Extracto)

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Introducción Hexen 2.10.2014

Hada BotonTomado de “Antes y Después de Drácula”
A continuación se transcribe el texto, traducido al español, del primer capítulo de Varney el Vampiro. La edición no dá crédito al traductor

Hada BotonVarney el Vampiro (1847) atribuído a Thomas Preskett Prest
Título Original: Varney the Vampire or The Feast of Blood (Folletín de 109 capítulos semanales publicados posteriormente en un volúmen de 868 pgs)

 

Las doce solemnes campanadas del viejo reloj de la catedral acaban de anunciar la medianoche. El aire es pesado, denso, y una extraña quietud de muerte invade la naturaleza. Todo parece algo así como una inmensa tumba.

Mas de pronto, el paisaje cambia. Empieza a granizar. Sí. Una tormenta de granizo ha estallado sobre la ciudad. Las hojas de los árboles y sus ramas más tiernas son diezmadas. Los cristales de las ventanas son azotados con furia por el helado pedrisco, y se rompen, y aquel mundo de silencio de antes se convierte en un estruendo que ahoga los gritos de sorpresa y consternación de los habitantes de la ciudad que ven sus hogares invadidos por la tormenta. ¡Vaya tempestad! ¡Granizo, lluvia y viento! Ciertamente, una noche infernal.

En una vieja casa hay una antigua habitación. Raros y abundantes labrados adornan las paredes y hasta la gran chimenea resulta una curiosidad por sí misma. El techo es bajo, y un largo ventanal, que va de pared a pared y de arriba a abajo, mira hacia el Oeste. Este ventanal se compone de muchos paneles que enmarcan cristales con singulares figuras pintadas en vivos colores y que proporcionan al aposento una extraña y bella luz cuando el sol o la luna da en ellos.

Hay una cama en la habitación, construida con madera de nogal, de un diseño exquisito y bellamente labrada también. Se trata de una gran obra de artesanía de la época isabelina. De la parte superior cuelgan sedas y damascos. Algunos penachos de plumas, no faltos de polvo, pueden verse en los rincones y todo el aspecto en sí del aposento tiene algo de fúnebre. El pavimento es de roble pulido.

¡Dios! ¡Hay que ver con qué fuerza golpea el granizo en la vieja ventana! Parece como si un batallón de fusilería descargara sin cesar contra los pequeños vidrios, pero éstos resisten. Su reducido tamaño los salva. El granizo, la lluvia y el viento descargan en vano su furia contra ellos.

La cama de aquella vieja habitación no está vacía. Una hermosa criatura, bella y joven como una mañana de primavera, yace en ella medio dormida, con su espléndida cabellera extendida sobre la almohada. Se nota que su sueño no ha sido tranquilo y reparador porque las ropas de la cama están muy revueltas. Uno de los brazos descansa sobre la cabeza y el otro cuelga de un lado de la cama. Su cuello y su pecho son tan hermosos que parecen hechos por algún genio de la escultura. En su adormecimiento, mueve los labios ligeramente como si estuviera recitando una plegaria a Aquel que vino al mundo a sufrir por todos nosotros.

Como cuando se acostó estaba tan fatigada, la tormenta no ha tenido suficiente fuerza para truncar su sueño aunque sus furiosos elementos sí se lo han alterado.

¡Oh! ¡Qué hechizo emanaba de aquella boca entreabierta en la que podía verse una hilera de dientes como perlas que incluso con la sola leve luz que entraba por el ventanal podían brillar! Sus largas pestañas yacían sobre sus mejillas. Se mueve un poco y queda un hombro al descubierto. Su piel es suave como la seda. Se trata, en suma, de un capullo de mujer. ¿Relampaguea? Sí. Un terrorífico y vívido flash seguido del estruendo de un gran trueno da la impresión de que en el cielo unas montañas se abalanzan sobre otras. ¿Quién duerme ahora en la vieja ciudad? Nadie. La temible trompeta de la eternidad no hubiera despertado a sus habitantes con más eficacia.

La granizada continúa. El viento también. La furia de los elementos parece hallarse en su punto álgido. La muchacha que descansa en la antigua cama se despierta, abre sus azules ojos y un grito de alarma sale de sus labios. Pero el grito queda ahogado por el estruendo de la tormenta. Se incorpora en la cama y se restriega los ojos. Un gran relámpago se estrella contra el ventanal, iluminando con su fantasmagórico luz el aposento y haciendo resaltar las figuras de los cristales.

Un grito de terror sale de la boca de la joven, mientras con los ojos fijos en la ventana, ahora oscura, su cuerpo tiembla.

«¿Qué es lo que ha sucedido?», se pregunta con angustia. «¿Ha sido una visión real o pura imaginación?» «¡oh, Dios!» Sí, lo ha visto. La luz del relámpago se lo ha mostrado. Una figura alta y delgada, de pie, junto al ventanal, intentaba abrir desde el exterior.

El viento se ha calmado un poco, el granizo ya no cae con tanta fuerza, pero un extraño repiqueteo sigue proviniendo de la ventana. No puede ser figuración suya. Está despierta y oye. «¿Qué es lo que puede producir aquello?» Un nuevo relámpago y otro grito. Ahora ya no se trata de ninguna ilusión. Una figura alta y flaca permanece en el borde exterior del ventanal. Son las uñas de sus dedos las que siguen produciendo aquel ruido, ahora que el granizo ha cesado. Un miedo intenso la paraliza, y con las manos entrelazadas, el corazón latiéndole tan violentamente que parece que le va a estallar, el rostro como el mármol y los ojos dilatados y fijos en la ventana, permanece inmóvil.

El ruido de las uñas golpeando los cristales continúa. No se oye una palabra, y ella sigue distinguiendo la oscura figura, una figura con largos brazos que se mueven como alas y que, de alguna manera, trata de entrar.

¿Qué extraña luz es ésta que ahora va invadiendo el ambiente? Roja, terrible, y cada vez más brillante. Un rayo ha caído en una fábrica incendiándole y el reflejo del fuego que rápidamente consume el edificio da contra el amplio ventanal. La figura sigue allí, golpeando los cristales con sus largas uñas, unas uñas que parece no han sido cortadas durante años y años.

La joven quiere gritar, pero no puede. Sus labios parecen haberse vuelto de plomo. Aquello es demasiado horrible. Apenas si puede susurrar «¡Socorro! ¡Socorro!» Y sigue repitiendo esta palabra como en una imperceptible letanía.

El rojo resplandor del incendio continúa iluminando la terrorífica figura pegada a la ventana. Un panel de ésta es roto y por él penetra una mano larga, que parece falta de carne; fuerza la cerradura, quedando media hoja del ventanal abierta y girando sobre sus goznes.

La muchacha no puede ni gritar ni moverse. Tan sólo sigue susurrando, «¡Socorro! ¡Socorro!»

«¡Oh, Señor! ¡Qué horrible visión la que tiene delante de sus ojos! Una visión tan espantosa que es capaz de anular de golpe todo lo bello que uno haya podido ver en este mundo.»

La figura se vuelve y la luz le da de lleno en la cara. Ésta es blanca, sin sangre, los ojos como de metal pulido, y de sus labios estreabiertos salen unos dientes largos, blancos y afilados, como de animal salvaje dispuesto a atacar.

La figura se aproxima hacia la cama con extraño y deslizante movimiento, chasqueando sus largas uñas que parecen colgar de sus dedos. Ningún sonido sale de la boca de la joven. Tan atenazada está por el terror que ni tan siquiera puede abrirla para pedir socorro. «¿Estará volviéndose loca?»

El poder de sus articulaciones desaparece, aunque puede deslizarse por sí misma hacia el lado de la cama a donde se acerca la terrorífica aparición. Sus ojos están fascinados por la mirada de aquellos ojos metálicos que se inclinan hacia su rostro. Ahora, la enorme y horrenda figura parece reducirse, siendo su cara lo que más destaca de ella. «¿Por qué sucede así? ¿Qué necesita de allí? ¿Qué es lo que la hace tan horrible? ¿Cómo podía existir en la tierra un ser tan insólito y tan repulsivo y qué hacía precisamente allí?»

Cuando estaba al borde de la cama, la figura se detuvo y pareció como si la vida en la muchacha se detuviera también. Inconscientemente se agarró a las ropas de la cama. Su respiración era entrecortado y densa, su pecho se elevaba palpitante y sus labios temblaban mientras seguía sin poder apartar los ojos de aquella cara de mármol cuyos relucientes ojos metálicos la anulaban.

Ha cesado la tormenta. Los vientos se han apaciguado y ha renacido la calma. El viejo reloj de la catedral ha dado la una. Un silbante sonido sale del pecho de aquel terrorífico ser y levanta sus largos y flacos brazos. Mueve los labios, avanza. La muchacha pone en el suelo uno de sus pequeños pies. Inconscientemente arrastra la ropa con ella. La puerta del aposento se halla en aquella dirección. ¿Podrá alcanzarla? ¿Podrá andar? ¿Podrá apartar sus ojos de los de aquel intruso y romper el terrorífico encantamiento? ¿Es todo esto real o tan sólo un mal sueño pero tan intenso como para trastornar el juicio?

La figura se detiene de nuevo y, mitad en la cama, mitad fuera de ella, la muchacha sigue temblando, sus largos cabellos formando un río sobre la almohada. Esta pausa debió durar un minuto, pero un minuto que fue de agonía. Un minuto bastó para que la locura consumara su trabajo.

Con una súbita rapidez que no hubiera podido ser ni prevista, con un extraño alarido que hubiera bastado para aterrar al corazón más valiente, asió los largos cabellos de la muchacha, los retorció con sus huesudas manos y la ató con ellos.

Entonces, ella gritó —el cielo le había concedido de nuevo la facultad de poder gritar—. A un grito sucedió otro, y otro. Las ropas de la cama cayeron y ella fue arrastrada, mientras en sus bellos labios aparecía el rictus de la agonía.

Los metálicos y terroríficos ojos de la figura miraban aquel angélico cuerpo con demoniaca satisfacción. Arrastró su cabeza hasta el borde de la cama, la dobló hacia atrás y, hundiendo sus afilados dientes en su blanco cuello, chupó su sangre. La muchacha quedó desfallecida y el vampiro apuró hasta el final su banquete.

Varney


Cuento Corto basado en un Hecho Real: La Pócima Vudú De Amor Comprada Con Sangre

House of Voodoo

La Pócima Vudú De Amor Comprada Con Sangre
Autor: Brad Steiger y Sherry Hansen Steiger
Incluído en el libro original: Demon Deaths 1991 / Recopilación en Español: Amanecer Vudú. Varios Autores
Hecho real sucedido en 1956. Juan Rivera Aponte fue detenido en Julio de 1957. 
Lectura en #HEXENTELEPATICO 17.04.2014

Las narraciones de los consortes demoníacos también traen a la mente aquellos ejemplos en que los satanistas descarriados han buscado crear pócimas de amor que les dieran un poder ilimitado sobre el sexo opuesto. Un acontecimiento que tuvo lugar en New Jersey hace unos años es un clásico ejemplo de cómo la combinación de sexo, vudú y oscuros deseos puede provocar un motivo espeluznante para el asesinato y el sacrificio humano.

Juan Rivera Aponte había nacido en Puerto Rico y había sido educado en una mezcla de cristianismo, magia negra y vudú. Siempre desde su infancia había oído a los hechiceros hablar de una legendaria fórmula que podía darle a un hombre control sexual completo sobre las mujeres.

Cuando vino a los Estados Unidos, consiguió un trabajo en una granja de pollos en las afueras de Vineland, New Jersey. Se encargó de traer consigo algunos de los antiguos libros de magia negra de su familia en su vieja maleta, y una vez que finalizaba sus tareas en la granja se pasaba las noches indagando en los viejos volúmenes en busca de la pócima mágica de amor. Aunque esas noches eran más bien solitarias y deprimentes, en su corazón sabía que pasaría las noches futuras haciendo el amor con mujeres hermosas.

Su mente enfebrecida se había centrado en una muchacha en particular. Una hermosa estudiante de instituto de ojos oscuros, cabello negro y un cuerpo que empezaba a florecer había llegado a obsesionarle. Juan sabía que ella era demasiado joven para casarse, pero la magia la obligaría a entregarse a él.

Control Completo Sobre Las Mujeres, Que Las Convierte En “Esclavas De Amor”

Finalmente, en un viejo libro de vudú, encontró la fórmula para una legendaria pócima “esclava de amor”. Había vuelto las amarillentas y frágiles páginas del antiguo tomo hasta que sus ojos se clavaron en el texto español bajo el título que prometía Pócimas de Amor.

Le temblaba todo el cuerpo de ansiedad mientras leía las instrucciones y los ingredientes. Las alas de murciélago desecadas serían fáciles de conseguir. Las entrañas de lagarto presentaban pocos problemas.
Confiado, siguió leyendo. Mezclaría y prepararía la pócima de inmediato. Todas las mujeres que deseaba serían sus esclavas de amor.

Polvo Triturado Del Cráneo De Un Niño Inocente

Entonces leyó el último ingrediente, y la respiración se le entrecortó ásperamente en la garganta.
“Rocía la pócima con harina de huesos reseca y triturada de un cráneo humano. El polvo ha de prepararse del cráneo de un niño inocente.”
Juan soltó el libro y se levantó de la silla de un salto. Aunque quedó momentáneamente asqueado de horror ante esa cosa sórdida que debía hacer, sabía que ningún precio sería demasiado alto por su derecho a tener a cualquier mujer que quisiera.

La noche del 13 de octubre, Roger Carletto, un estudiante de instituto de trece años, planeaba ir al cine en Vineland con su hermana.
—Un tío me debe un dólar —le dijo a su hermana—. Espérame mientras voy a pedírselo.
Montó en su bicicleta y pedaleó a toda velocidad por North Mill Road en dirección a las afueras de la ciudad.
Cuando Roger no regresó en un tiempo razonable, su hermana se lo contó a sus padres, y después de un intervalo más largo, la familia se lo notificó a la policía. A Roger Carletto nunca más se lo volvió a ver vivo.

Pasó el invierno, y cuando llegó el deshielo de la primavera, se repitió el dragado de los ríos y estanques de los alrededores de Vineland en busca del cuerpo del chico desaparecido.
En el verano todo el mundo se preguntaba qué le había sucedido a Roger Carletto. La policía aún carecía de pistas sobre su desaparición. Era como si el chico, sencillamente, hubiera entrado en otra dimensión.

El Cuerpo Desmembrado En El Gallinero

Entonces, en la noche del 1 de julio, las autoridades recibieron por fin su primera pista en el caso. Los patrulleros Joseph Cassissi y Albert Genetti respondieron a una llamada nocturna realizada por un granjero de North Mill Road que dijo que su mozo de campo se había vuelto completamente loco.
Según el joven granjero, su esposa se había despertado durante la noche y había descubierto a su mozo, Juan Rivera Aponte, paralizado en su cuarto de baño, de pie, como si fuera una estatua de piedra. Tenía un palo en la mano, que comenzó a blandir ante la pareja, hasta que el granjero se lo arrebató.
Los dos agentes de policía fueron conducidos hasta el cuarto de Aponte, situado encima del gallinero. Era un hombre delgado, de cabello y ojos oscuros, casi hipnóticos. Dormía en un camastro rodeado de varias botellas de cerveza vacías. Las paredes del cuarto estaban cubiertas de fotografías de chicas desnudas y estrellas de cine.

Durante el interrogatorio inicial de Aponte, afirmó que su jefe, el joven granjero, había matado al niño Carletto y lo había enterrado en el gallinero.
Siguiendo las instrucciones del mozo de campo, la policía se puso a excavar en el suelo de tierra del gallinero y quedó sorprendida al encontrar el cadáver del muchacho. El cuerpo estaba vestido sólo con unos pantalones cortos, y le faltaba la parte superior del cráneo, la mano izquierda y un pie. Siguiendo con la excavación, los agentes desenterraron el pie y la mano, pero no pudieron encontrar rastro alguno de la parte que faltaba del cráneo.
Al horrorizado granjero, que estaba demasiado atontado para protestar por su inocencia, se le pidió que acompañara a los agentes a la comisaría.
El detective Tom Jost no podía creer que el granjero fuera culpable, aduciendo que tenía fama de ser un hombre muy trabajador y de buen carácter. Aponte había afirmado que su jefe había matado a Roger Carletto debido a su ascendencia italiana, y que el granjero odiaba a todos los italianos porque en la Segunda Guerra Mundial habían sido fascistas. Jost no podía tragarse un prejuicio que se remontaba a la Segunda Guerra Mundial como un motivo convincente para matar y mutilar a un adolescente.

Libros Extraños Y Antiguos de Magia Negra, Vudú y Hechizos de Amor

El capitán John Bursuglia tampoco se creyó la historia. Ordenó un registro del cuarto de Aponte y contrató a un traductor para que le contara qué había en todos esos libros viejos escritos en español.
Entonces, a la mujer joven que había actuado como intérprete durante los interrogatorios de Aponte se le asignó la lectura de los libros del mozo de campo. No le hizo falta más que un vistazo para informarle al capitán Bursuglia que los volúmenes trataban de vudú, rituales de magia negra e instrucciones sobre cómo hechizar a la gente.
Varios días después consiguió la total atención del oficial de policía, cuando leyó en voz alta los ingredientes para una pócima de amor especial, una que requería el cráneo de un niño inocente.
Después de cinco horas de ser interrogado por los detectives y de dar respuestas evasivas e insatisfactorias, el puertorriqueño finalmente se derrumbó y confesó el asesinato de Roger Carletto.
Aponte explicó cómo había necesitado esa pócima de amor con el fin de conseguir a la chica de sus sueños. Se había estado preguntando dónde podría dar con un joven inocente cuando Roger Carletto llamó a su puerta. Éste le había prestado un dólar a Aponte y quería que se lo devolviera.

Habría Matado A Cualquiera Para Conseguir Ese Cráneo

—Necesitaba el hueso triturado del cráneo —dijo Aponte con indiferencia—. Habría matado a cualquiera para conseguir ese cráneo. Dio la casualidad de que Roger fue el primer niño que apareció.
Los horrorizados oficiales escucharon en silencio mientras Aponte describía cómo había golpeado al muchacho, cómo le había estrangulado con una cuerda y cómo había enterrado luego el cuerpo en el suelo de tierra del gallinero.
—No dejé de regar la tumba para evitar que el cuerpo se hundiera —explicó—. No quería que mi jefe viera la depresión en la tierra y sospechara algo.
”Pasados unos meses, desenterré el cuerpo y le saqué la parte superior del cráneo con un cuchillo de cocina. Luego volví a meterlo en la tumba, le pasé unos alambres al cráneo y lo colgué dentro del hornillo de mi cuarto. Quería que se secara rápidamente para poder terminar la pócima.
¿Por qué había irrumpido aquella noche en el hogar de su jefe?
Aponte sólo pudo sugerir que había bebido mucha cerveza y que quizá quería que lo atraparan. Tal vez su conciencia le había vencido.
—Creo que lo hice con el fin de que viniera la policía y me arrestara.

Las pruebas psiquiátricas indicaron que Juan Aponte conocía la diferencia entre el bien y el mal. Durante su juicio, el asesino del vudú presentó un alegato de no defensa y fue sentenciado a cadena perpetua.
—Jamás llegué a completar mi pócima de amor de esclava —se quejó Aponte a un compañero de celda antes de ser trasladado a una prisión estatal—. Sé que habría funcionado. Podría haber obtenido el poder para tener a cualquier mujer que quisiera.


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