Ilustraciones Surrealistas de la Subcultura Obscura/ Dark Culture

El Gambito del Hombre Lobo: Robert Silverberg (Cuento Corto)

Rescatamos un cuentro corto más, leído en algun momento en Hexen.
Título Original: The Werewolf Gambit. 1991

El Gambito del Hombre Lobo de Silverberg cierra la recopilación de relatos “El Mito del Hombre Lobo” (Timun Mas. España)
Consulta la bibliografía completa en La Biblioteca Negra>L : http://wp.me/P1hMom-2x

Poco después del quinto martini -que el barman había preparado en una proporción de ocho o nueve partes de ginebra por una de vermut-, cuando el montoncito de olivas desechadas en el cenicero empezaba a parecer sucio y Keller sentía ya que la frustración agarrotaba sus nervios, declaró:

-Tendrías que ver lo que ocurre cuando sale la luna llena. La muchacha aburrida sentada al otro lado de la mesa bostezó delicadamente.

-¿Qué le ocurre a la luna o a ti, querido?

-A mí. Me convierto en un lobo.

-Claro que sí -comentó ella-. Ni siquiera necesitas la luna llena para eso.

Keller frunció el entrecejo, sacudió la ceniza del cigarrillo y dio un sorbo nervioso a su bebida. Había pasado mucho rato desde que la noche empezó a oler a fracaso: una noche muerta, inútil, desperdiciada, un fracaso de noche. No había tenido ni siquiera ocasión de insinuar sus propósitos. Lora, sentada al otro lado de la mesa como si entre ambos hubiera una pared, era todo sonrisas y amabilidad, y tenía una forma maravillosa de consumir el dinero de un hombre a lo largo de una tarde…, pero Keller empezaba a arrepentirse de haberla invitado a salir. La inversión hecha en aquella noche daba serios indicios de que no iba a proporcionar ninguna clase de réditos.

El gambito del hombre lobo era el último recurso. A Keller se le ocurrió como un chiste amargo, una variación insólita con respecto a la rutina habitual, una táctica desesperada que utilizaba como sardónico gesto seductor final, antes dé abandonar la lucha por esa noche.

-No me has entendido -dijo en voz baja-. Je suis un loup­garou, un licántropo. Cerdas erizadas, colmillos, ojos amarillos relucientes, ¿sabes?

La máscara imperturbable que cubría el pálido rostro de Lora pareció animarse por primera vez en el curso de la noche.

-¿Estás seguro de que no has bebido demasiado, querido?

-Al contrario; de haber bebido demasiado, te aseguro que estaría a cuatro patas, aullando y corriendo arriba y abajo por todo el bar en este mismo momento. Y en cambio, mantengo el control. No empezaré a cambiar hasta… o perfectamente hasta…

Las largas pestañas se agitaron.

-¿Cuándo, querido?

-En mi apartamento. Más avanzada la noche, seguramente. -Se reclinó en su asiento y volvió la cabeza para apartar brevemente las cortinas corridas. Un brillante rayo de luz blanca relampagueó en la ventana-. Sí… Esta noche es la primera. Dura tres noches. Lo siento ya agitarse en mi interior.

De un golpe apuró su copa. El barman le dirigió una mirada inquisitiva, pero Keller le indicó rápidamente con el dedo índice de la mano izquierda que se habían acabado las bebidas por esa noche. Su campaña tendría éxito o fracasaría en función de lo ya consumido. Keller no veía razón para gastar más dinero en lo que tenía todo el aspecto de una persecución inútil. Además, la sed de Lora era inmensa, y todo el alcohol del mundo no parecía bastante para satisfacerla.

La muchacha se inclinó hacia él. El chal se deslizó de su pálida garganta, revelando un paisaje turbador.

-Supongo que se necesitan cinco martinis para arrancar esas confidencias, querido. Si me lo hubieras dicho antes…

-¿Sí?

-Podríamos habernos ahorrado esa horrible obra de teatro. Habríamos ido directamente a tu apartamento.

-¿Cómo? -Por primera vez que él recordara en su vida de adulto, la habitual compostura de Keller le falló por completo.

-Me interesa enormemente ese tipo de cosas -dijo Lora entusiasmada-. ¡Loup garous! ¡Fascinante! -Y apoderándose de la mano de él con una pasión que no había mostrado en toda la noche, añadió-: ¿Sería pedir demasiado.. que me lo enseñaras?

«Así me condene por la eternidad -pensó Keller con silencioso asombro-. Cómo atraer a una chica a tu apartamento.» Imaginó el título: «Técnica 101 a: El gambito del hombre lobo».

Sólo había sido una broma para rematar una noche echada a perder, pero había tenido la virtud de transformar de repente a una muchacha remota e indiferente en una mujer llena de curiosidad y receptiva. «Algún día tengo que escribir mis memorias -pensó Keller, mientras pagaba la cuenta-. ¡Si pudiera contar una cosa así!»

-No es más que un humilde rincón -dijo Keller, abriendo de par en par la puerta de su apartamento.

Lora entró y lanzó un suspiro de admiración.

-Es una habitación preciosa -dijo-. Un tanto austera, pero ¡preciosa!

-A mí me gusta -dijo Keller-. He vivido tres años aquí.

-Revela un gusto maravilloso -exclamó ella con entusiasmo, mirando los  paneles de madera oscura que cubrían las paredes, la librería de ébano alta hasta el techo, la superficie en forma de riñón de la mesita de café, la instalación de alta fidelidad desplegada a lo largo de la pared más alejada. Se desprendió con un rápido gesto de su chaquetón, y Keller lo colgó en el armario ropero del vestíbulo antes de dirigirse feliz a la pequeña cocina.

-¿Una copa? -preguntó, un poco tenso.

-No…, gracias -respondió ella. Estaba frente a la librería, y había cogido el grueso volumen encuadernado en rojo de los Ritos y misterios de la teúrgia goésica-. Tienes un gusto muy extraño en lo que se refiere a libros -comentó.

-¿Extraño? ¿Es tan extraño para un hombre lobo leer a Arthur Waite? En absoluto.

Estaba decidido a seguir el juego durante tanto tiempo como le fuera posible. Ella contestó con una leve risa.

-Por supuesto que no. Pido disculpas.

Él salió de la cocina con dos martinis sin olivas y los colocó en el extremo más próximo a ella de la superficie taraceada de la mesita. Mientras se acercaba al tocadiscos, observó con una pizca de orgullo profesional que Lora se había llevado una de las dos copas a los labios. Era una regla que había seguido con gran éxito en anteriores ocasiones: «Si una chica que has llevado a tu apartamento rechaza una copa, sírvesela de todos modos. La beberá».

-¿Vas a poner un disco? -preguntó ella, todavía ocupada en examinar la biblioteca de Keller.

-Vivaldi. Es una música adecuada para estas horas de la noche. -Puso muy bajo el volumen y, como desde una gran distancia, se oyó una brillante música de violín, acompañada por el frágil tintineo metálico de un clavicordio-. Así -dijo-. Simplemente perfecto.

Consultó su reloj a la luz indirecta de una lámpara. Eran las tres menos cuarto. Salvo dificultades imprevistas, antes de las cuatro y cuarto deberían de estar ya confortablemente acostados y durmiendo.

Cruzó la habitación, se inclinó con agilidad por encima de ella para tomar su copa de la mesita y rozó levemente la nuca de la mujer al incorporarse.

-¿Accedería vuecencia a acompañarme en el diván de acullá? -preguntó él, indicando el sofá con gesto teatral.

Ella sonrió e hizo un gesto afirmativo. Keller le tendió la mano al estilo cortesano y la escoltó hasta el sofá. Lora se desprendió de los zapatos y levantó las rodillas, enlazando las manos en torno a ellas e inclinando melancólicamente la cabeza.

-No tengo por costumbre visitar apartamentos de hombres a estas horas de la noche -observó-. Ni a ninguna otra hora.

-Es evidente -dijo él-. Puedo verlo en la luminosa pureza de tus ojos, que… -dejó alargarse la sílaba final, y luego añadió en distinto tono-: Pero siempre hay una primera vez, desde luego.

-Desde luego. Y respecto a ese síndrome tuyo, la licantropía…

-Oh, eso. Podemos hablar más tarde. -Habría mucho tiempo para las explicaciones, pensó, por la mañana-. ¿Te importa que me acerque un poco más? Hace frío aquí, a tanta distancia.

Sin esperar respuesta se puso a su lado y le pasó suavemente un brazo sobre los hombros desnudos y fríos. Le pareció que la muchacha se estremecía ligeramente al contacto, pero decidió que no había sido más que imaginación suya.

-Dicen que sólo las vírgenes pueden cabalgar a los unicornios -observó en voz baja, dejando que las puntas de sus dedos rozaran el lóbulo de la oreja de ella.

-Algo hay de verdad en eso -admitió Lora, interceptándole en seco la mano, que empezaba a deslizarse hacia abajo desde el hombro-. He oído que los unicornios nunca mienten.

-Qué pena que no seamos todos unicornios.

-Sí -suspiró ella-. Qué pena. -A través de las persianas graduables, bajadas, un único rayo de luz de luna arrancó una chispa repentina de los gemelos de Keller-. La luna está en lo alto del cielo -señaló-. En tu interior debe de estar desarrollándose una terrible lucha. Pero ahora estamos solos. Puedes cambiar, si lo deseas.

-¿De verdad quieres que lo haga?

-A menos que sea peligroso, por supuesto. ¿Puedes controlarte a ti mismo cuando estás…, cuando estás cambiado?

 -No lo sé. Nunca sé lo que hago exactamente cuando estoy… cambiado.

-Oh. Correré el riesgo, entonces. Tengo que verlo. ¡Por favor! ¿A qué esperas?

Él se pasó un dedo por el cuello de la camisa, súbitamente pegajoso. La música cesó; Vivaldi se extinguió con un repentino chasquido y fue sustituido por un cuarteto de Schubert. Los rayos de luna seguían vagando por la habitación.

La chica estaba llevando las cosas demasiado lejos.

-No hablemos de licantropía ahora, preciosa -susurró en tono duro. Ya había habido suficiente charla sobre hombres lobo; era el momento de olvidar el gambito preliminar y dedicarse al asunto principal de la noche.

Se apretó contra ella y, en esta ocasión percibió un claro respingo de rechazo en el cuerpo de la joven, al producirse el contacto. Estaba fría y distante, pero toleró sus caricias con aire ausente.

Al cabo de unos instantes, la mujer se apartó.

-Prometiste que me enseñarías…

Keller empezó a reír, fríamente al principio, y luego de un modo histérico.

-Lora, cariño, para ser una chica tan sofisticada, eres increíblemente crédula. ¿No eres capaz de reconocer una broma cuando te la gastan?

Ella se echó atrás bruscamente.

-¿Qué quieres decir? -preguntó en tono ácido.

-Ese asunto del hombre lobo…, ¿realmente te lo habías creído?

Hubo una pausa penosa. Luego, Lora dijo:

-Tenía que haber sabido que estabas mintiendo. Habría jurado que no eras un loup-garou, pero… confié en ti. Y he venido aquí a ver…, a ver…

En el rabillo de uno de sus ojos brilló una lágrima. Tenía la mirada de desilusión de una doncella engañada. Keller se irritó; esa noche se estaba convirtiendo en el más clamoroso fracaso que había experimentado desde que cumplió los dieciséis años. Decidido a llevar a cabo un último intento para dejar a salvo su honor y seducirla, tomó en las suyas las frías manitas de ella.

-Lora, encanto, ¡lo hice porque te quiero muchísimo! -Las palabras casi se le atragantaron por el esfuerzo que le costaba pronunciarlas, pero consiguió darles un tono de sinceridad bastante aproximado-. Te deseaba tan violentamente que tenía que decirte cualquier cosa. Lo que fuera para que vinieras aquí, para poder estar contigo a solas un rato. ¿Lo entiendes? Ahora puedo llevarte a tu casa…, si lo deseas.

Los ojos de ella le taladraron.

-¿No eres un hombre lobo, entonces? ¿Era todo un engaño?

-Tampoco soy un necrófago -dijo él, exasperado-. Soy asquerosamente mortal…, y estoy asquerosamente enamorado. Eso sí es verdad, ¿lo sabes?

-Por supuesto que lo sé -dijo ella de repente, aproximándose a él. Parecía excitada, y atónito, Keller se dio cuenta de que en fin de cuentas iba a tener éxito. Los brazos de Lora le rodearon los hombros y ambos quedaron frente a frente. Mirándole a los ojos, ella dijo:

-¿De verdad no eres un hombre lobo?

Sus labios estaban a escasos centímetros y el triunfo parecía inminente. Sonriendo con tristeza, Keller sacudió la cabeza.

-Era sólo un juego…, un juego al que los hombres jugamos a veces. No, confieso que no soy y no he sido nunca un hombre lobo, cariño. Espero no haberte desilusionado demasiado. Ni siquiera soy un vamp…

Nunca llegó a terminar la frase. Sintió súbitamente el latigazo cálido de unos colmillos agudos que se le clavaban en la carne de la garganta y los apasionados brazos de Lora sujetándole con firmeza mientras saciaba en él su temible, furiosa sed de sangre.

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One response

  1. jorge marquez

    siempre lo supe, lasmujeres por lacarga emocional, sus hormonas provocan una visita inesperada sus origenes, animales, pero en tesata ocacion, keller, escogio mal, en su tecinica de seduccion, aunque, que interesante sera, el compartir las, sabanas, con alguien asi, anque termines siendo su cena.

    May 1, 2011 at 2:30 pm

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