Ilustraciones Surrealistas de la Subcultura Obscura/ Dark Culture

La Bruja sale de Fiesta. Gabriela Fonseca

Lectura Lectura Programa Temático: Cuentos Cortos (HEXEN 9.06.2011)

Gabriela Fonseca. Escritora y Periodista de la Jornada

Adela escuchó tañer la campana de la iglesia doce veces y dio vuelta a un reloj de arena que volvió a colocar sobre el único espacio de su escritorio que no estaba cubierto por papeles amarillentos y rizados, fotografías borrosas y polvo, muchísimo polvo que no la avergonzaba en lo más mínimo. El mundo está lleno de suciedad y nada se gana con limpiarla.
De un cajón del mueble sacó un globo de vidrio del tamaño de una toronja, en cuyo interior había una pequeña catedral dorada sumergida en líquido puro. En su fachada había un reloj que también marcaba la medianoche. Adela usó la manga raída de su vestido para pulir la cúpula de cristal y, con delicadeza, desatornilló un pequeño tapón de metal que sellaba un orificio en la cima del globo.
Le costó trabajo hallar el gran seguro que guardaba en el dobladillo gastado y mugriento de su vestido largo. Sentada ante su escritorio, apoyando con dificultad los codos en su superficie, se pinchó el índice derecho y lo exprimió para que creciera la gota de sangre que se formaba sobre la yema marchita de su dedo. Cuando esta gota se volvió tan grande como una perla, la vertió por el orificio del globo de cristal. Una nube roja se fue extendiendo como humo por el líquido y envolvió la diminuta catedral. Adela dejó el globo de cristal reposando sobre el escritorio.
Luego, abrió otro de los cajones y de él sacó una dentadura postiza completa que se colocó embonando cada parte en sus mandíbulas superior e inferior, y abrió la ventana, enmarcada en herrería negra y vetusta, de par en par. Ya nadie construía como antes.
Una ráfaga de aire frío entró a la habitación. Levantó trozos de periódico viejo que había en el piso, removió el polvo que lo cubría todo y jugueteó con las sábanas de la vieja cama de latón. Adela se reclinó en la silla del escritorio con las manos sobre el regazo y esperó.
Le dolían las piernas, le dolía el índice ensangrentado pero, sobre todo, le ardían las encías apretadas en la pasta rasposa de la dentadura postiza. Dentro del globo de cristal, la gota de sangre se había diluido casi por completo. Ya no podía tardar mucho.
El viento entró rugiendo por la ventana y posó, en el centro de la habitación de Adela, a un hombre que había arrastrado consigo. Estaba pálido, arrojaba espumarajos hambrientos y mostraba unos colmillos crecidos y llenos de sed. Iba vestido de policía y no entendía por qué el viento lo había llevado de pronto a ese lugar y lo hizo volar, con todo y su disfraz, sin que él lo hubiera querido.
Adela se apresuró a agarrar su esfera de cristal y la arrojó contra el policía. El globo reventó en su pecho de barril. El hombre, que nunca pudo salir de la confusión, aulló y se retorció mientras el líquido, como un ácido, le devoraba la carne, el músculo y el hueso, dejándole el pecho convertido en una cavidad profunda y negra. La vieja dio un salto y metió las manos en ese hueco para arrancar el corazón del vampiro, que aún pendía de algunas venas azulosas. El hombre dejó de aullar y de moverse porque de pronto quedó petrificado, para después desmoronarse convertido en ceniza.
Sin perder el tiempo que tenía en sus manos, al igual que ese trozo de carne oscura y caliente, Adela empezó a devorar el corazón a mordiscos apresurados, como quien se atraganta con una fruta jugosa. Al terminar, se chupó de los dedos la sangre que aún le quedaba; después se acercó al montón de ceniza y empezó a escarbar en él para recuperar su pequeña catedral de oro labrado, que guardó en el escritorio con llave.
Adela sacó un espejo de mano de otro cajón porque le fascinaba ver cómo la cabellera blanca y rala se volvía negra y lustrosa. La carne le hormigueaba al encogerse para volverse lozana. Se arrancó de la boca esa maldita dentadura postiza y vio como unos dientes saludables le brotaban de las encías jóvenes y sonrosadas.
Antes de que terminara el proceso, cuando aún podían verse unas cuantas canas en su mata de cabello ensortijado, empezó a armarse un peinado informal, levantando la cabellera con una peineta de carey y dejando caer mechones descuidados sobre su cuello y su frente. De un viejo ropero sacó botas de tacón alto, pantalones de mezclilla negra y una camiseta ombliguera que había comprado unos días antes. A las dependientas de la tienda en donde la adquirió les dijo que era un regalo “para su nieta”.
La fiesta ya había empezado y, seguramente, el muchacho que había visto jugando basquetbol en el patio de la preparatoria ya habría sacado a bailar a varias chicas.

Cuento incluído en el libro Los diablos de Teresa y otros relatos. Editorial Jus:

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One response

  1. Yulls

    Simplemente magnifico!! se antoja salir de fiesta!!!

    June 14, 2011 at 9:29 pm

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